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12-05-2008

Pilar Cambra
Redactora jefe de Expansión

Lo dudo...

Vuelve –si es que alguna vez se fue– 'Indi' (Indiana) Jones, el 'currante' cuya clave del éxito profesional es, fundamentalmente, la ausencia de vacilaciones.

Hay una escena en la primera entrega de la saga de las aventuras de Jones, En busca del arca perdida, que, además de un gag inolvidable, provoca en el espectador un irreprimible impulso de vitorear al arqueólogo en cuyo oficio no caben las dudas... Es aquella en la que un guerrero árabe, vestido de negro de los pies a la cabeza, se planta ante Indi haciendo virguerías con un alfanje y con la evidente intención de descabezar a nuestro héroe... Lo que manda la inveterada tradición cinematográfica es que, en ese momento, Indi recurra a una espada y se inicie un largo y acrobático entrechocar de aceros... Pues va y no... Indi no lo duda un segundo: desenfunda su revólver y deja seco al árabe virguero de un sólo disparo... Así, el espectador se que queda con las ganas de contemplar una pelea con armas blancas en la que salten chispas; pero admite que, en el trabajo de "chico de la peli", en la profesión de Indiana, no hay lugar, ni tiempo, ni excusa, ni razón, ni pretexto para la vacilación: "revolverazo" y a otra cosa, mariposa...

La verdad es que, arqueólogo o contable, a cualquier profesional de nuestros días, la empresa que lo contrata le da poco "bolillo" y/o "carrete" para vacilar, para dudar... Y no sólo porque el ritmo de trabajo sea acelerado en la mayoría de las profesiones y ocupaciones, que lo es... Y no sólo porque, en general, se demande al profesional que cumpla los encargos que se le hacen "¡para ayer!" –así, con exclamaciones de urgencia y todo–... Es que la duda, la petición de un plazo para meditar sobre la actuación, la acción más acertada a realizar, el camino más directo para llegar a una meta determinada, está mal visto, mal considerado y peor juzgado...

¿Dudas?: ¡pues puedes llegar a no existir, como le hubiese ocurrido a Indiana si llega a pensarse cinco minutos lo de desenfundar el revólver ante el árabe virguero!... ¿Dudas?: no tienes lo que hay que tener –sea valor, decisión, conocimientos o desvergüenza– para ponerte en marcha como lo exigen las circunstancias, los usos y costumbres... "Petición-reacción": ¡eso es lo pertinente, por muy impertinente, descabellada o sinsentido que sea la obligación laboral que te han marcado!...

Lo que mola, lo que más mola, es que, en cuando termina la reunión en la que se asignan misiones, todo el mundo salga echando virutas, como con un cohete metido allá donde la espalda pierde su casto nombre... Es más: tengo yo muy comprobado que, en esas reuniones, cuando el que expone las tareas o misiones pregunta, al final, "¿alguna duda o pregunta?", los reunidos se quedan callados como muertos... ¡Vamos, como el árabe virguero que se enfrenta a Indi!... Y yo soy la que me pregunto, entonces, cómo es posible que nadie, pero lo que se dice nadie, guarde un mínimo resquicio de vacilación en su mente, un leve interrogante sobre lo expuesto –no siempre con radiante claridad, para qué vamos a engañarnos–... ¿Es, acaso, el miedo, el temor a ser tachado de indeciso, de poco "ejecutivo", de rémora, de tiquismiquis –"¡mira este, siempre dando la lata con sus preguntitas y dudas!"– lo que calla las bocas?... Sí... Generalmente, sí: es el pavor a que te endilguen el mochuelo de "rarito" el que te impide decir que no lo ves del todo claro, que hay puntos oscuros en los objetivos que se han fijado, que determina persona –tú mismo, quizá– no te parece la más idónea para cumplir esa o aquella tarea, que crees que se debería estudiar más a fondo tal o cual aspecto del problema... Y así te largas, cual centella, con la duda a cuestas... Esa duda que hará más difícil tu trabajo: que lo embrollará y, en determinados casos, hará que fracases... Todo por no haber expuesto tu duda desde el principio, por no haberte querido poner "una vez colorado en vez de ciento amarillo", como dice el sapientísimo refrán...

Pero vamos a dejarlo claro de una vez: nuestro trabajo se parece al de Indiana como un huevo a una castaña... Y no sólo porque jamás tendremos que enfrentarnos al alfanje de un guerrero en un zoco de El Cairo sino, fundamentalmente, porque las misiones empresariales, hoy, suelen ser complejas: un conglomerado de elementos y funciones que exigen reflexión, mucha y muy reposada reflexión antes de la acción... Con esto no quiero decir que uno deba proceder a la meditación trascendental sobre el trabajo que le han encargado durante uno o dos meses; hay, además, una buena parte de nuestro trabajo que, con interés y experiencia, se lleva a cabo como un acto reflejo: ¡zas, zas, zas!... Pero, de vez en cuando –o muy a menudo–, tendremos entre manos tareas, responsabilidades que exigirán enormes dosis de prudencia para llevarlas a buen puerto... Y la prudencia tiene, en mi opinión, dos progenitores: la duda razonable –explorar todas las vías posibles para no pegarte la toña– y el tiempo justo y necesario para resolver esas dudas... La prudencia es sabiduría, no cobardía.

Y es que, mal que nos pese, Indi no hay más que uno: Jones, Indiana Jones...