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30-04-2008

Pilar Cambra
Redactora jefe de Expansión.

El zascandil

Los científicos niegan rotundamente que pueda existir. Pero yo la he visto: en un museo y en varios de los grupos humanos con los he compartido años de trabajo.

La ciencia es tajante: ni existe, ni puede existir, ni está, ni se le espera... Lo que en latín se llama perpetuum mobile, el móvil perpetuo, la hipotética máquina del movimiento continuo que podría funcionar eternamente tras un impulso inicial, sin necesidad de energía externa adicional, es un imposible...

¿Por qué?: "Porque su materialización violaría la primera y la segunda leyes de la termodinámica"... Palabras mayores de los expertos, oigan... Y yo las creo a pies juntillas porque, de termodinámica, ni pajolera idea; si los que se saben al dedillo estas leyes lo dicen, yo, chitón y punto en boca...

Pero el caso es que yo he visto una de esas máquinas del movimiento continuo, un móvil perpétuo, un perpetuum mobile... Al menos, como tal se exponía -y suscitaba la admiración, a plena boca abierta, de los visitantes- en el Museo Británico de Londres...

Recuerdo que, tras el preceptivo encandilamiento ante la Piedra de Rosetta, el Friso de las Panateneas del Partenón, las momias egipcias, los toros alados asirios, me llamó la atención un grupo que, en riguroso silencio ante una pequeña urna de cristal, parecía seguir las evoluciones de un partido de tenis: tic, tac, tic, tac, hacían las cabezas de los curiosos, oscilando como péndulos.

Me acerqué y ¡allí estaba el artilugio presentado como "móvil perpetuo"!: una plancha metálica con estrías por las que se deslizaba una bola... Cuando la bola llegaba al fin de su recorrido, la plancha se volcaba y, la bola, vuelta a empezar... Más o menos...
Pero, claro, si la Ciencia es tan rotunda y tan unánime al negar que lo que yo vi no era un perpetuum mobile, sería otra cosa...

Porque Leonardo Da Vinci es mucho, muchísimo Leonardo Da Vinci y su sentencia parece inapelable: "Cualquier instrumento elaborado por el hombre -dictaminó- no puede producir el movimiento perpetuo"... ¡Ja, con todo mis respetos -que son máximos- por don Leonardo!... Lo que pasa es que el señor Da Vinci no debió tener la oportunidad de trabajar jamás, ni de cerca ni de lejos, con un zascandil...

El zascandil -"elaborado" por hombre y mujer y parido por la mujer- es la perfecta máquina del movimiento continuo... Desde que se pone en marcha -el momento de su alumbramiento, probablemente-, no necesita impulso exterior de ninguna clase para ir de aquí para allá sin cesar, incansablemente, metiendo las narices en todos los asuntos -los asuntos ajenos, preferente y mayormente-, opinando sobre lo que le compete y sobre lo que no es de su incumbencia, dando su parecer -que nadie le ha pedido- y, sobre todo, rondando como un moscón en torno a los demás compañeros de trabajo: “¿qué haces?, ¿por qué lo haces así?, ¿te echo una mano?, ¿no quieres parar un poco y nos vamos a tomar un cafelito?, ¿has visto cómo ha resuelto Fulano el mismo problema que tienes tú?, ¿no te convendría consultar a Mengano?"...

Imparable, incansable, infatigable e indestructible. Esa "máquina del movimiento continuo olfateador de la actividad ajena" que es el zascandil, va de una mesa a otra de la oficina, revuelve tus papeles, pega la oreja a tus conversaciones telefónicas, lleva el riguroso control de quién entra y quién sale, puede recitarte la vida y milagros de toda la nómina y, si lo ves sentado en su silla -en la suya, no en la tuya ni en la de los demás- más dos minutos seguidos, puedes apostar sobre seguro a que el zascandil está enfermo... Pero que muy enfermo...

¿Por qué es un zascandil el zascandil?: ¿porque nació así?, ¿porque el mundo lo hizo así?... Lo dudo... Mi teoría es que al zascandil le gusta más que comer con los dedos ser como es: chismoso, chisgarabís, cotilla, correveidile, cuentista y, sobre todo, perezoso, muy perezoso... Su aparente ajetreo, su falso "estoy ocupadísimo", no es más que una careta para escaquearse de sus obligaciones y tareas mientras vigila estrechamente el trabajo de los demás.

Y, además, el zascandil es zascandil porque nadie, en la empresa, le ha parado los pies seria y definitivamente... Nadie lo ha mandado a freír "sus" espárragos y a dejar en paz las sartenes de los demás... Y es que, lamentablemente, puede haber determinadas personas en determinadas empresas que crean en la utilidad de disponer de un zascandil a sueldo: como "fuente de información", como "vigilante de la playa", como hurón que se cuela, subrepticiamente, en las conversaciones de los colegas...

En fin: como un oreja gigantesca y afinadísima en movimiento perpetuo... Asqueroso, ¿no?... Pero posible porque, ¿a qué mantenerle el sueldo al zascandil cuando su existencia es tan fácil de detectar como la de una tarántula en un plato de nata?: el zascandil dedica un diez por ciento de la jornada a su tarea y, el noventa por ciento restante, a dar la vara a los demás, a hacer más penoso el trabajo de los otros, que no ven manera de sacudirse al zascandil de la chepa... Y es que el lugar perfecto del zascandil- perpetuum mobile no es la empresa, ninguna empresa. Es la vitrina de un museo. O la pista de un circo.