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18-04-2008

Pilar Cambra
Redactora jefe de Expansión.

¡Muchas gracias!

Quejarse cuando así lo exigen la justicia, la verdad o la lealtad es bueno; incluso es saludable. Pero, ¿quién no ha oído -con razón- el "es que te quejas de vicio"?

No sé si el chiste es viejo o reciente; a mí me lo contaron hace poco y, de primeras dadas, me pareció muy gracioso... Luego, pensando un poco en la situación descrita en el chascarrillo, ya no lo pareció, la verdad... El caso es que una familia se encuentra reunida en torno a la mesa; y, de pronto, el hijo dice:
-La sopa está demasiado caliente.

La madre, casi deshecha en lágrimas, exclama:
-¡Hijo mío!... ¡Milagro!... ¡Es la primera vez que hablas en tus cuarenta y dos años de vida!...
El hijo, sin inmutarse ante el pasmo de mamá, concluye:
-Es que, hasta ahora, todo había ido bien...

"Hasta ahora, todo había ido bien"... El terrible -reconozcamos que es bastante terrible...- cierre del chiste me ha traído a la memoria otros recuerdos: en los últimos tiempos he tenido ocasión de hablar con varios compatriotas que, tras vivir bastante tiempo en el extranjero, han pasado unas semanas en España.

Y muchos de ellos han coincido en un diagnóstico de la realidad: "Parece que os habéis instalado en una especie de 'cultura de la queja'... Casi todo el mundo protesta por casi todo: la política, el tráfico, el trabajo... Es casi imposible dar con alguien que se encuentre razonablemente satisfecho de su vida, con su empleo"...

Y va a ser que sí: como el cuarentón mudito, el que jamás abrió la boca para elogiar la perfecta ensaladilla rusa que su santa madre le servía, solemos romper nuestro silencio para lanzar ayes y lamentaciones en el terreno profesional porque tenemos demasiado trabajo; ¡pero también porque, con lo que valemos, no nos encargan más y mejores trabajos!...

Nos quejamos de horarios apretados y agobiantes; pero, en cuanto nos queda media hora laboral más holgada, ya empezamos a rumiar si es que se habrán olvidado de nosotros: "¡es que no me valoran, no se fían, me están haciendo de menos!"...

Nos ponemos como hienas porque el jefe o el colega hacen un seguimiento estrecho de nuestra labor; pero, si no somos llamados cada mañana -o cada tarde-, a dar cuenta del desarrollo de nuestras misiones, ya estamos con la mosca quejica detrás de la oreja: "¡les importa un pimiento lo que hago!... Yo aquí, dejándome las pestañas por la empresa, y la empresa haciéndose la loca, como si no existiésemos ni mis pestañas ni yo!"....

Y la famosa "queja de vicio" se extiende y se extiende como una mancha viscosa: cuando no es por el ambiente -que se ha puesto un poquillo tenso- es porque el café de la máquina está asqueroso desde hace unos días "y, además, ¡carísimo, tío!"; cuando no es porque nos ha tocado formar equipo con el colega más lento de la empresa es porque nos han adjudicado como compañero de tarea al más nervioso y 'agonías'...

Total: el placer -absolutamente malsano- de la queja nos va inficionado hasta convertirse en una droga, en un vicio sin el que vivimos frustrados... Un vicio que -¿hace falta decirlo?...-creemos que nos hace más fácil la vida y que hace dificilísima la existencia a cuantos nos rodean: la madre de la sopa demasiado caliente y el jefe, el colega y el subordinado en el trabajo.

No es fácil corregir ese vicio francamente arraigado -en mayor o menor medida- en todo mortal... Yo lo tengo y, tras el mínimo placer que me proporciona el lanzar sapos y culebras por mi boquita de piñón, me suelo sentir bastante fatal... Sólo he encontrado un correctivo eficaz para salir pitando de esta "cultura de la queja" que llena de arrugas el rostro del ánimo, de la educación y de convivencia amable...

Se trata de algo que puede parecer pueril; y, sin embargo, resulta eficaz... Al finalizar un día, un día cualquiera, hago inventario de mi jornada laboral, tomo papel y anoto en una columna lo que me ha molestado, lo que me ha irritado, lo que me ha herido, lo que me ha entristecido y lo que me ha cabreado...

En otra columna escribo lo que me ha complacido, lo que me ha alegrado, lo que me ha satisfecho, lo que me ha animado... De verdad: esta columna de los hechos, de los gestos, de las actitudes de las personas con las que trabajo respecto a mí un día, un día laboral cualquiera, es siempre mucho más larga -extensa e intensa- que la de los motivos para quejarme, protestar y poner los pies por alto.

¿Y?... Tras este ejercicio simplón -pero que te deja con las vergüenzas de las "quejas de vicio" al aire...-, no te queda más remedio que proponerte usar con frecuencia, con mucha más frecuencia, dos palabras que tienes un poco roñosas por falta de empleo: "Muchas gracias"...

O sea: puede que, en cierta ocasión, la sopa esté demasiado caliente... Pero es lo excepcional... Lo normal es que la sopa esté en su punto exacto: sabrosa, con los ingredientes perfectos, el grado soñado de temperatura... ¿Y entonces, cenutrio, no dices ni pío, como el cuarentón presuntamente mudito del chiste que sólo abrió la boca para exponer una queja quizá explicable, pero definitivamente desagradable?...