

07-04-2008
Pilar Cambra
Redactora jefe de Expansión
Digo yo que será por las prisas... Casi seguro que es por eso, por la prisa, por lo que el lenguaje, en el trabajo, se parece más y más al sincopado de los móviles.
Un lenguaje estricto, austero, sin concesiones... "¿K kieres?". No menos, pero tampoco una sÃlaba de más: la palabra –y no me refiero a la palabra ociosa– se ha puesto carÃsima en el trabajo: ¡vamos, a un precio imposible que muchos parecen no estar dispuestos a pagar! Ni a cobrar, añado...
Vamos por partes: a estas alturas de ganarme el pan con el sudor de mi frente, a mà ya no me tiene que explicar nadie que el tiempo, en la empresa, es mucho más que oro; ni que uno de los ‘pecados’ de esa laboriosidad es perder el tiempo con tontunas y verborreas inútiles; ni que es aún más grave hacer perder el tiempo a los demás con palabras inútiles, que son viento incluso antes de que se las lleve el viento... Ésta es la primera parte de mi reflexión.
Vamos con la segunda parte: el azar ha querido que, en pocas fechas, haya tenido que despachar asuntos profesionales con personas especialmente expeditivas, tremendamente expeditivas, tajantemente expeditivas; y puedo asegurar –y aseguro– que los asuntos a tratar no eran de los que pueden solventarse con un "sÃ" o un "no"... Estos asuntos constituÃan una maraña en la que se entremezclaban materias tan delicadas como el respeto, la libertad, la justicia, los proyectos de futuro; y, como es natural, si estas materias se dejaban al margen, se despreciaban, se hurtaban a la conversación, el entendimiento de los asuntos era imposible. Absolutamente imposible... Pero he aquà que esas personas tan, tan expeditivas con las que hube de despachar, tan urgidas por no se sabe qué, con tantas prisas por "resolver" –tampoco sé muy bien qué, francamente–, me exigÃan: "¡Al grano, al grano!"... Y se mostraban apasionadamente despectivas respecto a ciertos elementos que yo consideraba imprescindibles para el conocimiento profundo de los ya muy mencionados asuntos: "Eso no me interesa... Eso tampoco me interesa... Y eso, menos... ¡Al grano, al grano!"
Confieso que, a la postre, el diálogo terminó casi como el rosario de la aurora: acabé callándome por no gritar... Por no gritar esto: "¡El grano es, precisamente, que este asunto es una maraña de la que es preciso conocer todos los cabos para poder desentrañarla!"... O por no chillar: "¡Déjame a mà decidir, también, qué es lo que interesa y lo que no en esta cuestión!"... Pero no hubo manera... ¿Conclusión?: a estos personajes especialmente expeditivos, tajantemente expeditivos, lo mejor es mandarles un telegrama; o un mensaje de móvil del tipo: "¡K te zurzan!"... O, naturalmente, mandarles a freÃr espárragos, ahora que tan rico y sabroso manjar está en temporada.
SerÃa conveniente aclarar a esa porción de gente expeditiva, a ese grupo de avaros de las palabras, a esos fuguillas –siempre con las prisas en los talones, aunque no vayan a ninguna parte– que existen y campan en todas las empresas que hay diferencias, grandes diferencias, entre enrollarse y explicarse... Decirles –si nos dejan, que esa es otra...– que nuestro tiempo es tan valioso como el suyo; que nosotros conocemos tan bien –o mejor– que ellos el valor de las palabras: que sabemos calibrarlas perfectamente para decidir si son inútiles o absolutamente necesarias; que una gran parte de los temas, problemas, decisiones, errores y aciertos sobre los que hay que hablar no pueden zanjarse con un "sÃ" o un "no" a lo bruto porque en esos temas, problemas, decisiones, errores y aciertos hay un altÃsimo porcentaje de contenido humano... Y, allà donde el ser humano –sus sentimientos, sus motivos, sus aspiraciones– está presente, no se puede andar con prisas sino que hay que caminar despacito, con buena letra y con todas las letras.
"VÃsteme despacio, que tengo prisa", suele aconsejar mi santa madre, que es una señora rebosante de experiencia y de sentido común... Y es una excelente norma de comportamiento: cuanto más delicado sea el momento, cuanto más rápidamente haya que salir de un atolladero, cuanto antes haya que resolver un error, más necesario se hace el tiento, la mesura, la prudencia... Y, sÃ, la paciencia: la paciencia para escuchar, para atender, para dejar que pongan en nuestras manos todos los hilos –por muchos que sean– que nos permitan tomar una decisión justa, cabal, ponderada.
"VÃsteme despacio, que tengo prisa"... "Déjame que te cuente todos los pormenores porque tienes la obligación de decidir con acierto", podrÃamos espetarle a los tajantemente expeditivos... Lo malo es que éstos no suelen detenerse ni para escuchar algo tan breve... Yo creo que los afectados por el virus de "¡al grano, al grano!" no tienen solución ni remedio. Sólo la vida puede darles la lección que merecen: que ese inevitable e ineludible dÃa en el que el expeditivo necesite explicarse ampliamente, encontrar a alguien que escuche con calma y paciencia lo que rabian por decir, se topen con alguien más expeditivo aún. Que de todo hay en la viña de la empresa.