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27-03-2008

Pilar Cambra
Redactora jefe de Expansión.

¿Hay novedades?

Con cierta frecuencia -poca, regular o mucha-, lo que más nos encocora, nos aburre y nos desanima es que la vida (laboral) siga igual. Más de lo mismo, ¡uf!

A mí me ocurre… De vez en cuando, francamente, me gustaría que mi existencia profesional se asemejase algo, una pizca, a las super-mega-películas de Cecil B. De Mille… Cuentan que en una ocasión le preguntaron al director -considerado como el precursor y "progenitor" de la superproducción cinematográfica- cuál era su modelo de film que consiguiera el efecto de dejar al espectador pegado en su butaca por el asombro y la emoción…

"Pues se comienza con un terremoto -contestó De Mille-, se sigue con un incendio devastador, se continua con la separación de las aguas del Mar Rojo, ¡y luego ya sigue todo lo demás!"… Todo lo demás… Efectos especiales, miles de extras, héroes insuperables y las heroínas más bellas y seductoras del mundo… Todo lo demás…

Y, como digo, me sucede que, en ciertos periodos de trabajo idénticos a los anteriores -y, lo que es más desesperanzador, idénticos a los que seguirán-, sueño con llegar un día a la redacción y verme rodeada de metafóricos terremotos, incendios, divisiones del Mar Rojo… Sueño con que aparezcan por la puerta héroes y heroínas…

Pero no, claro: ni mi redacción -ni, supongo, cualquier lugar de trabajo del mundo- es el set de rodaje de Los diez mandamientos, ¡a ver que vida! Es más: a medida que trascurre el tiempo, que la trayectoria profesional va llegando a la meta que nos propusimos -y en la que pensamos permanecer contra viento y marea, ¡faltaría más!-, el minutado de nuestro día laboral varía pocos segundos…

Reunión arriba, reunión abajo, llegas a la mesa, enciendes el ordenador y revisas el correo electrónico: entre cincuenta y sesenta mensajes en la "bandeja de entrada"… Antes de abrirlos, ya conoces el balance de tantísima correspondencia: entre cuarenta y cincuenta spams -cada elemento del "correo basura" más "basura" que el anterior-, entre cinco y diez respuestas a tus mensajes y, en las mejores y más felices jornadas, dos novedades, dos sorpresas. Una buena y otra mala, desde luego…

La misma canción con las llamadas que recibes en el teléfono móvil: una publicidad, dos respuestas a tus llamadas y dos novedades -exacto: una buena y, otra, mala; como debe ser…- Incluso en las jornadas más moviditas y excitantes, esas en las que darías cualquier cosa porque el día tuviera treinta horas, no hay mucho que se salga de lo habitual: una entrevista no desprovista de interés; un encargo que se sale de lo trillado; la formación de un nuevo equipo que parece prometedor…

Pero, a los pocos días -si no es a las pocas horas-, las aguas del Mar Rojo del señor De Mille vuelven a su lecho de siempre… Y se repiten las caras, los trabajos y los días, como dijo el clásico. Incluso llega a suceder algo con tintes surrealistas: si al llegar al trabajo vas y preguntas "¿hay alguna novedad?" y te responden "sí, la hay", te pones a temblar como una hoja porque te temes lo peor…

Es como cuando el teléfono de casa suena a partir de la medianoche: "Seguro que es una mala noticia", piensas. Y lo gordo es que sueles acertar… Esa "novedad" que tanto deseas, que tanto ansías porque piensas que va a sacudirte la modorra, suele estar relacionada con los pavorosos incendios y los devastadores terremotos del señor De Mille: corrimiento de tierras, de puestos, de cargos, de encargos, de jefes, de colegas y de subordinados en la empresa; drástico cambio de planes e, incluso, drástico cambio de accionistas o de propietarios…

Ahí tienes la novedad que querías. ¡Anda: báilala! Y es que, como se diría bíblicamente, también en la vida profesional hay un tiempo en el que todo es nuevo -en los principios- y un tiempo en el que todo "suena" a visto y revisto, a experimentado y catado, a saboreado y aún exprimido y bebido hasta las heces…

Lo curioso es que ello es así sólo si queremos que así sea. Me explico: mi particular visión de la jugada del aburrimiento o la diversión en el trabajo es que el muermo o la emoción dependen en muy poca medida de "las cosas que pasan"; y, en cambio, dependen en gran medida de "las cosas que me pasan", de "las cosas que nos pasan"…

Si uno pone los pies en el lugar de trabajo con un andar cansino, patoso, con el aburrimiento por montera y revestido con el saco y la ceniza de que la jornada será como la roca de Sísifo -pesada, inaguantable, idéntica a sí misma-, lo más probable es que, aunque nos sirvieran en bandeja de plata la novedad laboral más asombrosa del universo, nos quedaríamos fríos como un pez…

En cambio, si somos nosotros los que ponemos el ardor, el entusiasmo, las ganas de añadir pimienta y nuez moscada al trabajo de cada día, existen muchas posibilidades de que esa jornada nos parezca bastante apasionante. Es uno mismo el que debe decidir si llega a la mesa de trabajo hambriento o inapetente de aventura personal…

Es uno mismo el que dispone de las especias y los condimentos -su buen humor, su voluntad, su disponibilidad, su ilusión- para sazonar de un modo distinto, gustoso, apetitoso el soso plato de un día y otro día y otro día y otro día…