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19-03-2008

Pilar Cambra
Redactora jefe de Expansión.

Exámenes parciales

Pocas dudas hay de que la 'calidad' de conocimientos del educando español no es la óptima. Otra cosa es la 'calidad de vida' de nuestros escolares...

Yo es que soy del plan antiguo... O sea: examen de ingreso a eso de los 10 añitos -con dictado de textos de El Quijote-; seis cursos de Bachillerato -con reválidas en cuarto y sexto-; y Preuniversitario... Notas cada semana y único, aterrador y decisivo examen final. Sin más cáscaras...

Como todos los escolares de mi generación -y de generaciones anteriores y posteriores-, me sometí muy tempranamente, durante mi infancia y adolescencia -con sudores y agonías de diferente intensidad y magnitud-, a jugármelo todo a una carta, a ese examen final que era una sentencia inapelable.

Recuerdo perfectamente el insistente consejo de mis padres y profesores ante lo irremediable del sistema de calificación: "Estudia desde el primer día... No lo dejes todo para las últimas semanas, para el último minuto... Repasa y vuelve a repasar..." Y, ¿seguía yo el sabio y prudente consejo?... Pues, según me daba la gana: cursos hubo en los que hinqué los codos casi cada día, y otros, en los que me salvé por los pelos del suspenso gracias a un agotador e irresponsable sprint final.

Mi mollera, en esta segunda tesitura, terminaba como el hígado de los patos destinado a la elaboración de foie-gras: una mollera hinchada y grasienta en la que amontonaban cifras, fechas y nombres sin orden, concierto ni provecho para el futuro... Así estaban las cosas.

Cuando, hoy, los escolares que conozco me hablan de sus exámenes parciales, esos que se suceden a lo largo de todo el curso y que les permiten ir aprobando porciones de las asignaturas, me entra un brote de envidia de la mala, de la que me supondrá algunas jornadas en el Purgatorio...

Creo que esos exámenes parciales han incrementado grandemente la calidad de vida de los críos... Supongo que sufren las mismas angustias y tribulaciones que yo ante aquel apocalíptico examen final; pero, como se juegan menos, la intensidad de su canguis será un poco menor. Vamos, digo yo...

En cierto modo, la "planificación por objetivos" que practica la mayoría de las empresas -de las empresas sensatas y eficaces, naturalmente- es muy semejante al sistema de exámenes parciales de los escolares...

Siempre, claro está, que esa planificación se refiera a trechos cortos del año, un año dividido en finas rodajas, como el sabroso salchichón; y siempre, además, que los objetivos que se fijen para cada una de esas rodajas sean realistas, hacederos -y no el sueño febril de una noche de verano-, acomodados a los recursos de los que dispone la empresa, empezando por los recursos humanos.

Obviamente, tales objetivos son, a la vez, globales -para toda la empresa-, sectoriales y -lo que, lamentablemente, se suele olvidar con cierta frecuencia- también personales. Quiero decir que si alguien no asume como propios tales objetivos, la empresa tiene abierta una vía de agua en toda la línea de flotación...

Y, cuantos más alguienes se llamen andana ante los objetivos propuestos -dando por supuesto que estos se pueden alcanzar con un ritmo de trabajo plenamente humano-, más seguro e impepinable es el naufragio de la planificación y de los objetivos. Lo que significa, evidentemente, que la empresa procederá, con toda justicia, a una serie de exámenes parciales para comprobar cómo lo llevamos -que se dice- todos y cada uno de los implicados en la consecución de los fines...

La tregua de la Pascua, esta semana en la que vivimos abriendo las ventanas de nuestra cabeza para atesorar una buena cantidad de aire fresco en forma de descanso, coincide con la mitad del curso laboral... Y digo yo: ¿no sería una medida de prudencia elemental, de buen sentido, proceder a un examen parcial voluntario y personal de nuestro trabajo, de lo que llevamos hecho y de lo que nos queda por hacer para alcanzar los objetivos que nos han impuesto o que nos hemos propuesto?...

No vaya ser que, como en mis peores cursos escolares, estemos esperando al último minuto, a vernos al mismísimo borde del precipicio, para intentar salvar los muebles, pegándonos unas panzadas de esfuerzo decididamente malsanas para nosotros mismos y para nuestra empresa.

Algunas de las preguntas de ese examen parcial podrían ser estas: ¿qué necesito para llegar al objetivo final: más ilusión, más orden, más colaboración, menos presión?; si voy "flojo" en el parcial, ¿es por falta de esfuerzo o porque no dispongo de los medios imprescindibles para realizar cabalmente la tarea que me han asignado?; ¿ a quién y cómo puedo recurrir para conseguir esos medios?... Y así, en ese plan.

No se trata, ni de lejos, de amargarnos el descanso con comeduras de coco, con angustias y malestares. El examen puede realizarse sin tensión, tranquila y serenamente. Porque queda medio curso laboral. Porque esto es un parcial y no un final... Y porque aún no tenemos la cabeza como los hígados de los patos destinados al foie-gras...