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15-03-2008

Pilar Cambra
Redactora jefe de Expansión

Tranqui, tronqui

Es del tipo -difícil- de "¿qué único libro se llevaría a una isla desierta?"... Pero tengo bastante claro cuál es la virtud que me parece esencial en el trabajo.

La relación que mantengo con mis nervios es un asunto bastante curioso… Se me suelen "disparar" cuando el común de los mortales se queda tan pancho y, en cambio, mantengo una calma –chicha, para más señas– cuando, aparentemente, debería perder la serenidad.

Por ejemplo: mi memoria ya no es lo que era, aunque aún me da mucho juego. Y, cuando tengo que reponer un mínimo material en casa –jabón, bombillas, pañuelos de papel– me entran el come-come y la desazón de que me voy a olvidar… Y ese olvido será ¡terrible!, ¡¡catastrófico!!, ¡¡¡fatal!!!, ¡¡¡¡irremediable!!!! Cuanto más tensa me voy poniendo, temiéndome el olvido, más exclamaciones se pueden ir añadiendo. Hasta rozar el paroxismo… Y, entonces, ¡bendito el inventor de esos papelillos que se pegan en cualquier superficie! "Bombillas", escribo en tres o cuatro de esos papelillos. Y los voy adhiriendo a las superficies que encuentro a mi paso… ¿Y por qué tres o cuatro?: "Porque si pegas sólo uno –me susurran mis condenados nervios–, igual te olvidas de dónde lo has pegado y, entonces, tendrías que pegar otro papelito que te recordase dónde has pegado el primero"…

En cambio, quienes me conocen bien saben y pueden atestiguar que mantengo el pleno dominio de mí misma en situaciones que desestabilizan a muchos: la enfermedad –propia o ajena–, las heridas con sangre, las urgencias por pequeños o grandes accidentes… En esos momentos, es mi mente la que se pone a funcionar muy por delante de mi sistema nervioso y es capaz de elaborar un plan que me esfuerzo por cumplir rígidamente, sin atender al caos que se está montando a mi alrededor… Así, me considero una excelente compañera en hospitales y, con un teléfono a mi alcance, puedo mover medio mundo para solucionar un problema acuciante, de esos que sacan a muchos de sus casillas…

Con todo, lo antedicho no es siempre así y, en consecuencia, ni en la vida personal ni en la laboral puedo fiarme demasiado de mí misma en lo que a dominio de los nervios se refiere.

Recuerdo… Diez de la noche de un 5 de enero. Víspera de Reyes. Voy cargando el coche –recién salido de una revisión en el taller– de paquetones, paquetes, bolsazas, bolsas y bolsitas. El coche está situado en el tercer sótano de uno de los mayores y más laberínticos aparcamientos del centro de Madrid. Me monto en el coche. Le doy a la llave de contacto. El motor del coche suena como los bronquios de un asmático: ¡ñññññññi, ññññññññi!. El motor del coche no arranca… Ñññññññi, ñññññi y más ñññññi al segundo, al tercer intento… La batería está descargada, muerta, kaputt… El aparcamiento es una desolación solitaria. Con las piernas temblando y los nervios a punto de estallido, me acerco hasta el único poblador de aquel desierto, el hombre de la caja del aparcamiento. Le balbuceo mi problema –"sin batería… Coche… Paquetes… ¡Quiero salir de aquí!"–. El cajero parece contagiarse de mi incipiente ataque de histeria: "¡¡¡Hay que llamar a una grúa ya, enseguida!!! ¡Pero no sé si la grúa podrá entrar! ¡Estos techos son demasiado bajos!"… Marco el número de la grúa antes de que los nervios del cajero, unidos a los míos, nos dejen catalépticos a ambos. Pasa media hora. El cajero me mira. Yo miro al cajero. Parece que los dos hemos abandonado toda esperanza, como diría Dante… Llega la grúa. Entra perfectamente, con holgura, en el tercer sótano del aparcamiento. Se aproxima a mi coche. Desciende de la grúa un joven que me tiende una mano llena de grasa al tiempo que me dice: "Tranqui, tronca: saldremos de esta"…

Y, efectivamente, salimos: del trance, del aparcamiento y, esencialmente, del amago de ataque de nervios que me tenía agarrotada… ¿Qué ‘milagro’ se había operado para que los funestos presagios del cajero se trocaran en el optimista anuncio del hombre de la grúa?... El cajero se ahogó –como yo– en un pequeño vaso de agua, en un charquito; el hombre de la grúa, no… El hombre de la grúa nos dio sopas con onda con un simple "tranqui, tronqui".

En la vida laboral diaria, en la de siempre, en la del "más de lo mismo", no solemos enfrentarnos a decisiones de vida o muerte –empresarial, claro–… De modo que la serenidad –la virtud que considero esencial en el trabajo; en el mío y en el de los demás– se pone a prueba en pequeñas cosas: mínimos retrasos, errores subsanables, roces leves con jefes y colegas, fallos de comunicación que se solucionan fácilmente… Como la descarga de la batería de mi coche, vamos. Porque el coche no había ardido, no estaba destrozado…

Y es ahí, en esos mínimos reveses de cada jornada, cuando me parece inapreciable la compañía, el respaldo del "tranqui, tronqui" del hombre de la grúa, del tipo sereno que no echa en saco roto esos pequeños problemas –molestos como tábanos; irritantes como la picadura de avispa–, pero los valora tal cual son: en su dimensión exacta. Y quien no pierde los nervios en lo poco, tampoco los pierde en lo mucho, me repito a mí misma. Serenamente (si puedo…)