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10-03-2008

Pilar Cambra
Redactora jefe de Expansión

Pues yo me rindo...

"Rendirse es de cobardes", se nos insiste casi de la cuna a la tumba, en plan de suprema "motivación". ¿Siempre es cobardía dar el brazo a torcer? Lo dudo.

Hace tantísimo tiempo que no piso el Museo del Prado que me estoy temiendo que, en mi próxima visita, al Caballero de la mano en el pecho del Greco le habrán diagnosticado un doloroso codo de tenista; y, a la Maja desnuda de Goya, Galliano-Dior le habrá encasquetado un traje de ‘soiré’ de descripción imposible...

En realidad, las cinco o seis últimas veces que me di un garbeo por la pinacoteca, fui en plan selectivo, tratando de evitar ese síndrome de Stendhal que volvió tarumba al escritor en Florencia y que, clínicamente, se describe como un cuasi-desmayo que sobreviene cuando se te nublan los sentidos a causa del exceso de belleza que te rodea... Total: mi metodología era una elección previa de tres, cuatro, cinco cuadros como máximo antes de poner los pies en el Prado... La familia de Carlos IV, El Jardín de las delicias, el retrato de la Condesa de Chinchón y pare usted de contar... En la última –o, quizás, penúltima– visita escogí un Velázquez que no goza de tanta aceptación como Las meninas o Las hilanderas y que, desde luego, no irradia tanta magia como esas dos obras: Las lanzas o la Rendición de Breda... ¿Y por qué me dio por ahí?... Porque en ese cuadro tan estático, tan inmóvil, tan parecido a una escenografía congelada, con esa multitud de extras anónimos, los dos personajes centrales, al vencedor y el vencido en Breda –Ambrosio de Spinola y Justino de Nassau, respectivamente– transmiten idéntica dignidad... En la rendición, Nassau no se humilla, no se envilece, no se acobarda; y Spinola, el triunfador, no se regodea, no maltrata, no abochorna al rendido... Son, en fin, dos hombres en plena y esplendorosa madurez, dueños de sí mismos, que han aceptado el triunfo y el fracaso con noble serenidad...

Todo lo contrario de lo que sucede en esas peleas de chicuelos en el que el más fuerte, el más bestia o el más marrullero acogota a su contrario y, mientras lo tiene agarrado por el cuello, le da golpes en la cabeza preguntándole a gritos: "¿Te rindes, te rindes, te rindes?"... Y el vencido, sofocado y rabioso, se empecina: "¡No me rindo, no me rindo y no me rindo?"...

Y no nos engañemos: el trabajo, en no pocas ocasiones, tiene mucho de combate, de pelea, de batalla... Contra otros –eso se llama "competencia"– y contra uno mismo –eso se llama, en bonito, "afán de superación"; y, en recio castellano, "amor propio"–... Es obvio que, en esas lides, no todos pueden ganar: siempre habrá vencedores y vencidos, triunfadores y derrotados. No hay más cáscaras.

Y ahora es cuando viene lo del valor y lo de la cobardía: rendirse a las primeras de cambio, al primer revés que nos propinan, al primer desfallecimiento que sentimos al emprender una tarea, es, sí, de timoratos, de "gallinas"; un signo de escasa reciedumbre y de inmadurez. Pero, ¡ojo!, tampoco me parece signo de tremendo coraje, de ser más machos –o más hembras– que nadie el testarudo "¡no me rindo, no me rindo, no me rindo!" cuando ya estamos ciertos de que nuestra propuesta no es viable o nuestras fuerzas y capacidades no son las adecuadas –y jamás lo serán– para el encargo que hemos recibido o el objetivo que nos han fijado. Empecinarse en seguir peleando, con una cabezonería estéril, no beneficia a nadie: ni a uno mismo, ni a la empresa.

Yo creo que, en ocasiones, para lo que hay que tener una valentía tipo Cid Campeador es, precisamente, para rendirse, para admitir la derrota, para presentar las llaves de Breda al Spinola que tenemos delante: un jefe, un colega, un competidor. Y, si la rendición se lleva a cabo sin lloriqueos, sin aspavientos –y, por supuesto, sin ira ni rencor hacia el vencedor–, ésta es tan heroica como la pelea encarnizada que ha precedido a la propia rendición.

Claro que hay una condición imprescindible para que todo resulte tan digno, tan noble y tan loable como el momento que Velázquez plasmó en Las lanzas... Y esa condición es que el vencedor acoja al vencido con el respeto que Spinola le demuestra a Nassau al impedir que este se arrodille ante él al tiempo que le entrega las llaves de la ciudad... El miedo a que el triunfador se pase meses y meses restregándonos nuestra rendición por los morros; el temor a que nuestra rendición sea aireada a los cuatro vientos y se convierta en objeto de rechifla y murmuración por parte de toda la empresa; el pavor a que el vencedor se ensañe con el vencido y le retire su confianza para siempre son –creo yo– los motivos que pueden llevarnos a enrocarnos, a montar una resistencia numantina que nos agota y nos desangra... Yo no sé lo que Nassau le dijo a Spinola en ese momento que eternizó Velázquez; pero, ¿y si fue algo así como "vale, me rindo... Pero no te crezcas demasiado, Spinola, porque arrieritos somos y en las batallas andamos"?... O sea: la rendición valiente y oportuna no equivale a la aniquilación perpetua de lo que somos y hacemos...