

24-07-2008
Carles M. Canals
Articulista
En un par de semanas, media Europa comenzará sus vacaciones, aunque mucha gente tendrá que rebajar sus aspiraciones por la crisis. Pero ya hace años la tendencia parece ser tomarse diez o quince dÃas y reservarse el resto.
Es lo que hay, pero yo soy partidario de que el periodo de descanso sea largo, al menos para los profesionales que trabajan más con el cerebro que con las manos. Pienso especialmente en aquellos cuyo trabajo esencial es tomar decisiones, como los máximos ejecutivos de la polÃtica y de la empresa.
No sé casi nada de medicina, pero parece que el cerebro también se cansa. Cuando llevan mucho tiempo seguido funcionando a pleno rendimiento, las neuronas empiezan a chirriar y echar chispas. Si uno se para a pensar, se nota irritable e impaciente. Advierte pequeños olvidos. Afloran sÃntomas de intolerancia con las limitaciones propias y ajenas. A poco que uno se descuide, se deja llevar por el mal humor y le invade el pesimismo. Ha llegado la hora de desconectar.
François Mitterrand, el discutido presidente de la República Francesa, procuraba ir los fines de semana a su casa de campo. No siempre podÃa hacerlo, pero se daba cuenta de que lo necesitaba. "Tres meses sin salir de ParÃs y empiezo a confundir los olores, lo que es una señal de alarma", escribió en su diario El grano y la paja. Tampoco es que hiciera nada especial: leÃa, charlaba con los aldeanos, daba largos paseos, contemplaba la naturaleza. "El alhelà aboga por la existencia de Dios mejor que las vidrieras de Nôtre Dame", anotó al regreso de una caminata el socialista supuestamente agnóstico.
El problema es que mucha gente no sabe desconectar. Quizá es que bastantes no quieren desconectar. Se consideran absolutamente imprescindibles, lo cual ya es un error de apreciación del que debieran sospechar. Salvo en caso de naufragio, un directivo de empresa incapaz de desconectar deberÃa hacerse varias preguntas: el tamaño de su ego, la importancia que ocupa en su vida la familia, el grado de confianza que tiene en sus colaboradores, cuántas responsabilidades innecesarias ha asumido, su habilidad para organizar el trabajo..
Hay también gente incapaz de desconectar porque cree que descansar es no hacer nada, o que realizar actividades inútiles es perder el tiempo. ¡Con lo reparadores que son los hobbies! El general Marshall leÃa noveluchas del Oeste. Las novelas policÃacas constituÃan un bálsamo para Konrad Adenauer y Margaret Thatcher. Por cierto, la Dama de Hierro guardaba menús de banquetes oficiales en los que habÃa participado y en ratos libres los ordenaba. Franklin D. Roosevelt coleccionaba sellos de otros paÃses y dedicaba tiempo a clasificarlos. Winston S. Churchill se refugiaba en la pintura. Empezó a pintar a una edad muy tardÃa, pero descubrió que con ella conseguÃa aislarse del mundo en guerra.
De cuando en cuando, el cerebro necesita que le pasen una esponja: desactivar unos circuitos sobrecalentados y poner en funcionamiento otros. Cortar con el dÃa a dÃa habitual para dedicarnos a leer libros inútiles, contemplar el paisaje, navegar, charlotear con la familia, subir y bajar montañas...
A la vuelta, uno descubre que links que antes parecÃan indisolublemente unidos son más cuestionables de lo que creÃamos. A uno se le ocurren nuevas maneras de afrontar un problema que le obsesionó durante semanas o meses. Ha desdramatizado y relativizado situaciones que antes le angustiaban. Uno regresa más optimista.
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