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08-04-2008

El valor del dinero

Las tarjetas hacen que olvides el verdadero valor de las cosas

Lucy Kellaway / Financial Times.

La gran noticia en mi oficina la semana pasada fue que las máquinas de la cafetería se habían estropeado y no podían leer nuestras tarjetas. Así que para comprar, digamos un café latte grande y un muffin de limón, tuvimos que abrir nuestras carteras y encontrar 1,80 libras (2,80 euros) en monedas en su lugar. Esto provocó un gran revuelo. Yo me opuse no sólo porque cualquier cambio en la rutina sea aborrecible, sino porque tener que dar dinero de verdad hizo que de repente mi refrigerio matinal pareciera bastante más caro de lo habitual. Tal irracionalidad es vergonzosa. Con el sistema de las tarjetas, yo cargaba 20 libras , que se iban descontando cada vez que compraba algo. No sólo daba a la cafetería crédito libre de intereses sino que también consumía más, bajo la impresión errónea de que, una vez que recargaba mi tarjeta, mis compras eran en cierto sentido gratuitas. El sistema de pago en efectivo de la semana pasada era claramente más beneficioso para mí: puedo entenderlo. Pero lo que no puedo es aceptarlo.

La vergüenza que me produce esta locura financiera se ha mitigado en cierta medida al escuchar la siguiente historia de un colega. Una noche de la semana pasada, se le cayó al suelo una moneda de 5 peniques mientras esperaba al tren. Se agachó para recuperarla, pero descubrió que recoger una pequeña moneda del suelo no resulta sencillo cuando se tienen los dedos largos y las uñas cortas. Mientras tanteaba a ciegas llegó el tren. Durante unos pocos y agonizantes segundos, se vio dividido entre coger el tren o la moneda; titubeó y, justo cuando se cerraban las puertas, se lanzó al interior del vagón. Su decisión le causó dolor físico, pero fue peor el mental: el hecho de haber dejado en el andén cinco peniques le dolía tanto 24 horas después, que sintió la necesidad de contármelo.

Hay algo cómico (o triste o preocupante, dependiendo del punto de vista de cada uno) sobre dos periodistas financieros con 35 años de experiencia entre ellos que comparten semejantes historias. Nuestro periódico reprende a diario a gente que se mete en problemas a consecuencia del dinero: solicitantes de créditos más altos de lo debido, y entidades que prestaron más de lo que era aconsejable. Sin embargo, ni prestamistas ni prestatarios carecían de lógica. Se vieron motivados por la necesidad y la codicia, y por la idea de que lo que había sucedido en el pasado reciente seguiría reproduciéndose. En cambio, mi irracionalidad sobre las normas más básicas del dinero es más difícil de entender. Mi cerebro me dice que 99,99 libras es un penique menos que 100 libras. Pero mi corazón sólo ve el primer nueve, y lo redondea a la baja a 90 libras. En la lucha entre el corazón y el cerebro por el control de mi cartera, mi corazón lleva los pantalones. No importa mi sobresaliente en matemáticas ni mi título en economía.

Existen áreas concretas de tacañería irracional. Mis padres solían conducir varios kilómetros para encontrar una gasolinera con gasolina un penique más barata. Uno de mis amigos nunca compraría un libro de tapa dura. Mi obsesión más ruin es con los taxis: prefiero andar durante horas llevando una pesada maleta a montar en uno de ellos.

No es sólo gastar el dinero lo que me hace perder la razón, ganarlo también me confunde. Hace un año accedí a dar una lucrativa charla y, una vez fijada la fecha, sentí que era rica y me gasté la suma que me iban a pagar. Después de dar la charla, consideré que me lo había ganado, por lo que me lo gasté de nuevo. Posteriormente, la compañía sufrió problemas financieros y no me pagó, lo que fue una pena porque ya me había gastado el dinero dos veces. Dos meses después, el dinero surgió de la nada. Como ya lo había dado por perdido, me vino como llovido del cielo, y me lo gasté de nuevo.

Las compañías deberían tomar nota de estos alocados ejemplos. Con frecuencia intentan que los empleados traten el dinero de la compañía como si fuera el suyo propio. Una mala idea. En la lucha entre el educado economista de mi cerebro y la cavernícola financiera de mi corazón, el economista siempre tiene el control cuando gestiono el dinero de otros. La cavernícola alocada comienza a revolverse sólo cuando el dinero en cuestión es el mío.