

26-02-2008
Trabajar con otras personas crea un vÃnculo que perdura con los años.
Lucy Kellaway / Financial Times.
Me duele ligeramente la cabeza y mi cartera está llena de tarjetas de presentación. Una es de un acupuntor. Otra de un entrenador de caballos de carreras, y el resto de gestores de activos, miembros de grupos de capital riesgo y presidentes de compañÃas que llevan su propio nombre. Fue una buena fiesta.
La noche comenzó como suelen hacerlo las mejores: con una sensación de pavor. Era la reunión anual de ex alumnos de JPMorgan, por lo que se combinaban los dos tipos más sombrÃos de función social: las reuniones y los eventos de creación de redes.
Mientras me dirigÃa siguiendo el curso del Támesis hacia Festival Hall pensaba que (a) no conocerÃa a nadie, ya que abandoné el banco hace 25 años; (b) que mis dÃas en JPMorgan son una época poco feliz de mi vida que en la actualidad me resulta irrelevante; y (c) tienen que existir medios menos dolorosos para encontrar algo sobre lo que escribir. No empezó bien. "Sé quién eres", me dijo la primera persona con la que me encontré en una sala abarrotada.
Su placa me indicaba que aún trabajaba para el banco, y no parecÃa muy amigable. Me comentó que existÃa un artÃculo que yo habÃa escrito hace ocho años basado en muchas ideas erróneas que le gustarÃa corregir. Inspeccioné la sala mirando sobre su hombro: Walter Gubert, presidente de JPMorgan en Europa, permanecÃa de pie para dar la bienvenida a todos los presentes. "Esta fiesta continúa creciendo en tamaño y calidad", comentó.
Un ex banquero me dijo por lo bajo: eso es porque la gente se sigue marchando. A juzgar por su número en la sala, las mujeres son las que se siguen marchando con más frecuencia. La primera con la que conversé me dijo que se habÃa marchado porque el trabajo la hacÃa llorar. Le respondà que la banca también me habÃa hecho llorar, y que mis lágrimas fueron una mezcla de aburrimiento y miedo a seguir cometiendo graves errores en acuerdos sobre cambio extranjero.
Las suyas, me explicó, eran de frustración. Era directora gerente, y me aseguró que se habÃa hartado de sandeces. Ahora enseña en una escuela de negocios, forma parte de una firma de capital riesgo y derrama menos lágrimas. Tras ella, avisté el rostro sin cambios de un hombre con el que solÃa tener pesadillas. Cuando tenÃa 22 años, mi jefe me trataba como una basura, pero ahora me miraba amigablemente desde el otro extremo de la sala. ¿Qué sucedÃa? ¿Se le habÃa endulzado el carácter? ¿Y a mÃ?
A penas me habÃa recuperado de esta experiencia cuando vi a otro de mis antiguos demonios. En 1982, una mujer estadounidense me dijo que parecÃa demasiado joven y que "nunca deberÃa llevar pantalones". Encontré esta experiencia traumática principalmente porque no resulta agradable que te digan que pareces un bebé cuando crees que tienes un aspecto sofisticado. Pero ahà estaba ella, riéndose, feliz, de todo, y -aún más gratificante- llevando ella misma pantalones.
Me sentà tan emocionada que olvidé preguntarla por qué se habÃa marchado. Me alejé para unirme a otro grupo de banqueros que habÃan permanecido más de una década en JPMorgan. Uno es propietario en la actualidad de nueve caballos de carreras, y la mayorÃa del resto eran gestores de fondos o asesores. Todos aseguraban ser locamente felices.
Puede deberse a que cualquier cosa es mejor que trabajar en un gran banco; o a que sólo vuelves a reunirte con tus antiguos jefes para mostrarles que tu vida es mejor sin ellos. Mientras me ponÃa el abrigo, me di cuenta de que me habÃa formado una idea errónea. Es posible que esa parte de mi vida hubiera sido extraña, pero no fue irrelevante.
Trabajar con otras personas crea un vÃnculo, y ese vÃnculo perdura. También aprendà otras dos cosas útiles aquella noche: (a) las vidas laborales son aburridas, por lo que cualquier cosa que se asemeje a un escándalo permanecerá para siempre en la memoria, y (b) realmente es posible alcanzar el éxito en la banca teniendo barba.