

22-01-2008
La indulgencia no es buena para dirigir a una estrella llorona.
Lucy Kellaway / Financial Times.
Hace algunas semanas, almorcé con mi cuñado. Discutimos sobre nuestros indecorosos impulsos de madurez: el suyo el de hacer triatlón y el mÃo el de comprar zapatos verdes brillantes con tacones de 15 centÃmetros. Después, pasamos a hablar sobre nuestras respectivas profesiones (la ópera y la escritura) y sobre la cuestión de cómo se puede seguir mejorando cuando se han dedicado 25 años a intentarlo.
Me comentó que, después de una baldÃa década, se habÃa puesto las pilas y ahora cantaba mejor que nunca. ¿Cómo lo lograste?, le pregunté. Miedo. Me explicó que cuando finalizara su contrato con la Ópera de Sydney podrÃa encontrarse sin trabajo. Este temor estaba ayudándole a mejorar más de lo que lo habÃa hecho ninguna crÃtica favorable.
Recordé nuestra conversación la semana pasada mientras leÃa la información sobre la lucha heroica entre Guy Hands, el orondo financiero de cabello alborotado, y Robbie Williams, el cantante de pelo rapado. Para los que no lo sepan, Hands se ha hecho con el control de la discográfica EMI y ha tenido el descaro de hacer pública su intención de dirigirla como una empresa. Esto implica el despido de casi la mitad de la plantilla y advertir a los artistas de que ya no podrán disfrutar de anticipos multimillonarios.
Resultado: varios personajes del mundo de la música, incluido el representante de Robbie Williams se han quejado, y los expertos de la industria han señalado que Hands está tratando a EMI como a una estación de servicio y que evidentemente no se da cuenta de que los artistas necesitan alguien que los represente. Los artistas necesitan representantes. No sé si Hands será un buen lÃder, pero es difÃcil que pueda hacerlo peor que sus predecesores.
EMI ha hecho una verdadera chapuza, como muchos otros en el negocio de la música y, en realidad, también en la publicidad, los periódicos y el cine. Cuando se trata de representar a los creativos, nadie parece saber cómo hacerlo. PodrÃamos exponer que los creativos somos distintos ya que mostramos más inseguridad que, digamos, los contables, pero es algo que no acepto. Lo que sucede es que mostramos nuestra inseguridad con más claridad, algo mucho más sencillo si cuentas con una columna como ésta.
Elogios
La situación empieza a estropearse cuando los creativos comienzan a tener éxito y cuando sus representantes les dicen cada dos por tres lo maravillosos que son. Los elogios son una droga que afecta a la mente y que necesita dosis cada vez mayores para que surtan el efecto deseado.
Hay dos motivos por los que las compañÃas creen que es buena idea dirigir a los creativos con dosis de mimo. Primero, esperan que dé lugar a un gran trabajo. Sólo que no lo hace. Tanto amor convierte a los artistas en niños pequeños malcriados carentes de incentivos para crear algo del agrado de su audiencia. Jeanette Winterson escribió dos o tres libros buenos en los años ochenta, pero a partir de entoncesm su ego creció y su capacidad para escribir libros amenos se hundió.
Su editora, Caroline Michel, gestionó la situación mediante adulaciones: "Mi mayor suplicio es terminar de escribir un libro en tu lugar", escribió una vez. El principal motivo de que los representantes no impongan disciplina sobre sus creativos es el miedo a que puedan abandonarles. Sin embargo, deberÃan estar más dispuestos a asumir este riesgo; siempre surgen nuevas y prometedoras estrellas.
Guy Hands entregó a la plantilla la semana pasada un pequeño libro con consejos trillados de muchas personalidades del mundo discográfico, incluido Joss Stone. HabrÃa hecho mejor en incluir las advertencias del poco creativo mundo de la publicidad de inversión. Debajo de todos los anuncios, se incluye la advertencia: "Los resultados del pasado no deberÃan considerarse un indicativo del futuro". Exacto. Si alguien quiere pagar grandes sumas por Robbie -o cualquier otra vieja estrella malcriada-, tal vez Hands deberÃa, simplemente, dejarles ir.