

16-01-2008
Captar la atención de los jefes es el secreto de un buen 'bonus'.
Lucy Kellaway / Financial Times.
La concesión de las primas en la banca de inversión es uno de los sistemas de compensación más extraños que existen. De hecho, ni siquiera es un sistema: es un juego ruinosamente caro, agotador y con grandes dosis de polÃtica en el que casi todos aparecen como perdedores. La semana pasada recibà algunas lecciones de varios maestros en este juego, y creo que estoy preparada para explicar, en lÃneas generales, cómo jugar.
El juego comienza cada año antes de que las hojas de los árboles comiencen a tomar color. A partir de julio, los gestores veteranos se ven sumidos en interminables reuniones para decidir cuánto pagar. En septiembre, todos los banqueros de inversión han comenzado a presionar como si sus vidas dependieran de ello. Un banquero asegura que las reuniones internas de la firma disfrutan de poca presencia durante todo el año, pero en otoño se abarrotan ya que todo el mundo lucha por dejarse ver.
En los pasillos de la City y de Wall Street, los banqueros de inversión hablan a viva voz y de forma autoritaria sobre acuerdos exitosos en los no tomaron parte, dando la impresión de que sà lo habÃan hecho. E incluso aún más en alto, dejan caer insinuaciones de que podrÃan estar apunto de abandonar el barco -pese al hecho de que los tiempos son lo suficientemente malos como para que nadie más vaya a ningún sitio-.
Todos parecen jugar juegos como estos: no hacerlo supone cometer un grave error. El jefe intenta pagarles a todos lo mÃnimo posible. Por lo tanto, los subalternos que no parezcan apunto de abandonar el barco y que no armen alboroto están pidiendo a gritos que se les pase por alto. Cuando llega el gran dÃa, todos sufren un estado de creciente ansiedad. El orden es importante.
La mayorÃa de los jefes son relativamente débiles y, por lo tanto, afrontan primero las conversaciones más sencillas. Recibir la llamada a las nueve de la mañana es una buena señal. El jefe entonces habla sobre los logros estelares del banquero, pero asegura que 2007 ha sido un año difÃcil para el banco y que están atravesando malos tiempos. Entonces menciona la "cifra".
Observad que cuando el dinero está tan próximo a ser entregado, ya no recibe el nombre de prima. Es más crudo que eso: es una cifra. Incluso si la cifra es alta, el banquero aún debe mostrarse desconsolado y protestar: "Me entregué al máximo el año pasado. Tendré que pensar en ello". Esta pequeña farsa no asegurará más para este año, pero será un indicador para el próximo. Y el jefe bien podrÃa aprobar la queja: lo tomará como un indicio de hambre, y el hambre es buena.
Las entrevistas desagradables llegan con posterioridad a lo largo del dÃa y duran más tiempo. Los destinatarios estarán consternados. Un analista de 28 años protestó ante su jefe asegurando que no podÃa vivir con menos de un millón de dólares y que habÃa comprado un piso de lujo ante la expectativa de recibir una suma mucho mayor. Al final, no se trata de una cuestión de dinero, sino de amor propio. Los banqueros de inversión son personas que rinden más de lo esperado, ávidos de reconocimiento.
Y la única forma de conseguirlo es obteniendo una prima superior a la de sus colegas. Asà que, ¿cómo se podrÃa mejorar el sistema? En una boutique de banca de inversión, el espacio para el politiqueo y el peloteo se reduce, ya que los jefes comunican a los 50 socios lo que obtuvo cada uno: el año pasado el abanico abarcó desde los cero a los 10 millones de dólares (6,7 millones de euros). La transparencia serÃa algo nuevo para las grandes firmas.
Pero dudo de que eso llegue a suceder. Para los gestores, el secreto es el poder. Y en este mundo de competencia brutal, si el dinero no puede depender de conseguirle a uno cierta sensación de logro, el poder es todo lo que queda. Otro medio serÃa el de otorgar en su lugar estrellas. El esquema tiene el gran atractivo de ser gratuito (y apropiadamente infantil). Algo me dice que no funcionarÃa. No se puede comprar un ático con una estrella.