

25-05-2007
Santiago Álvarez de Mon
Profesor del IESE

Sumido en la mezcla de aburrimiento e indignación de la campaña electoral, Tagore viene en mi auxilio: “Donde la mente carece de temores y la frente está bien alta; donde el conocimiento es libre; donde estrechos muros nacionales no han dividido el mundo en fragmentos; donde la cristalina corriente de la razón no se ha extraviado en las monótonas arenas del desierto del hábito entumecido; en ese paraíso de libertad, Padre mío, dejad que mi país despierte”.
Tengo la fortuna de pasearme por diversas instituciones. Empresas, clubs deportivos, despachos de profesionales conocen mis curiosas pisadas. Todas ellas distan de ser organizaciones angelicales. Con frecuencia, emociones tóxicas como celos, envidia, batallas por el poder, pueblan su universo particular. No obstante, urgidas por la necesidad o por la convicción, se percibe en ellas una inquietud para mejorar.
Prisioneras de egos vanidosos, el trabajo en equipo es su salvavidas. Enfrascadas en conflictos corrosivos, aspiran a un diálogo abierto. Habituadas a realidades cerradas, intentan absorber e integrar la diversidad. Carreras marcadas por el nepotismo, el peloteo, la antigüedad, se decantan por el talento apátrida. Ancladas en el conservadurismo, rediseñan sus estructuras y procesos de dirección para adecuarlos a los nuevos desafíos.
Asentadas sobre un know how obsoleto, trabajan la creatividad e innovación desde la libertad, la confianza y la disciplina. Ingenuas forofas de las prisas y la inmediatez, ansían un tiempo de calidad, serenidad y concentración. Incapaces de pulsar las mejores energías, poco dadas a causas nobles, repiensan su filosofía corporativa. Entrenadas en la lógica de los números, proponen visiones y sueños liberadores.
Contumaces analistas, advierten que la primacía de la razón, huérfana de un corazón valiente, deviene en sinrazón. En resumen, controvertidas y vulnerables a los peligros de la jungla, avivan los sentidos para sobrevivir. Armado de valor, cambio de tercio y me adentro en la política, territorio minado. ¿Es mucho solicitar de los partidos políticos la misma disposición para el aprendizaje? ¿Es de recibo el nivel actual de insultos personales?
¿Quién gana si política y talento se divorcian para siempre? ¿Se puede ser un buen político si sólo se es político? ¿Se debe entrar en un sitio del que no se puede salir? ¿Parte de la agenda del liderazgo empresarial no es aplicable al liderazgo político? ¿No se está abriendo un profundo foso entre el país real y el país oficial?
Un momento, demasiado fácil me digo a mí mismo. ¿Qué pasa si la cuestión planteada es más complicada? ¿Y si son las dos orillas del mismo río? ¿Y si no hay brecha, son diferentes manifestaciones del mismo organismo social? ¿Provienen los políticos de otro planeta? ¿Quiénes les nombramos? No hacer política, ¿no equivale a hacer la política de poder establecido?
Una clase empresarial políticamente descafeinada, sólo preocupada por su cuenta de resultados –no molestar al poder es el primer mandamiento–, ¿no contribuye al empobrecimiento reinante? ¿No es la falta de pulso de la sociedad civil el mejor caldo de cultivo para la mediocridad?
La forma más socorrida y tranquilizadora de pecar es por omisión. Hay silencios vergonzantes, gaps llamativos entre conversaciones públicas y privadas. No nos escandalicemos, no somos espectadores sino actores de segunda fila de un bodrio de película. Me voy de la sala, primer paso para protagonizar otro modo de hacer cine.