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17-09-2005

Santiago Álvarez de Mon
Profesor Ordinario del IESE

Propósitos de un directivo renovado

En los primeros escarceos de mi reentré laboral, he releído los propósitos que me hice durante el verano. A medida que iban pasando los días, a rebufo de familia y amigos, en pleno contacto con la naturaleza, mi mente se iba aquietando y sobre ella se posaba una idea central: no trates de aparentar ser el directivo perfecto, de volar como superman sobre las cumbres empresariales.

Simplemente, dedícate a la aventura de ser persona. Inmerso en ese diálogo interior, algunos compromisos afloraban con fuerza. En lugar de defender con sospechosa virulencia mis ideas, voy a respetar los hechos desnudos, voy a observar sin lentes distorsionadas la realidad. Despistado y selectivo, tengo que aprender a mirar. Preguntar más, escuchar.

No tengo por qué tener todas las respuestas. No sé, es una contestación más, válida y honesta como pocas. He de granjearme el respeto y confianza de mis colaboradores, ejerciendo el poder con justicia y firmeza. Dirigir no es ganar una competición de popularidad. Mejorar la gestión de mi jefe, saber decir no. Si no soy libre e independiente, mi lealtad se transforma en servilismo.

Distribuir juego, delegar más, facilitar que las personas puedan volar por sí solas. A paseo mi ego narcisista y esclavizante. En cuestión de valores, predicar menos y practicar más, con humildad y consistencia. Trabajar mejor, no necesariamente más. Como no soy bombero ni enfermero, sospechar de las urgencias y priorizar lo importante. Mi agenda es solidaria y generosa, pero mía.

En el difícil equilibrio trabajo-familia, más allá de la cultura y prácticas imperantes en mi empresa, reconocer que la fuente última de mi inestabilidad soy yo. Sobre el ocio, serenidad activa, algunos imperativos. No estoy dispuesto a perderme la infancia de mis hijos, tampoco la espléndida madurez de mi mujer.

Viajar más, empapándome de lugares y gentes nuevas. Mucha charla sobre la aldea global y cada vez soy más provinciano. Invertir en mi educación, leyendo algo más que memorandums y mails. Sobre management, lo justo, está herido de muerte por las modas.

Servirme de las nuevas tecnologías con criterio y responsabilidad. Seré yo quien decida cuándo la sociedad entra en mi vida. Las jornadas de reuniones eternas y móviles histéricos pasaron a mejor vida. Interpretar sin aprensión, pero con anticipación y sensatez, los mensajes que mi cuerpo me manda a diario.

Voy a disfrutar del deporte sin convertirlo en terapia insufrible y cardiaca. Dormir, sin pastillas, con la placidez de la infancia. Seis horas, calidad, no cantidad. Reírme de mí mismo varias veces al día. Se acabó el perfeccionismo y la autoexigencia implacables. Viajaré al pasado para conocerlo y firmarlo, luego lo soltaré.

Soñaré despierto sobre un futuro mejor, para quedarme atento en un presente repleto de oportunidades. Todos los días mantendré una cita conmigo mismo. Saborearé el silencio y, en una soledad insobornable y querida, meditaré sobre preguntas eternas que mi alma se niega a reprimir. ¡Caray!, repaso mis reflexiones estivales y ya noto el peso de la inercia de hábitos limitantes.

Tonterías de tanto sol y playa, me dice una voz incrédula. Otra, más noble y fiable, me indica que son objetivos ambiciosos y alcanzables. Es la buena y la mala noticia. Sola y exclusivamente dependen de mí. No tengo excusas. ¿Cuándo empiezo? Mañana, ya volvemos a las andadas. Hoy, aquí, ahora; vale.