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25-06-2005

Santiago Álvarez de Mon
Profesor Ordinario del IESE

¿Poder? No gracias, liderazgo

Hace poco oí a Spaemann contar una historia de Rezzori: "Un padre anima a su hijo a saltar a sus brazos desde el árbol al que se había subido. El niño salta, el padre se retira y le deja caer al suelo. El niño llora y el padre le explica: lo hice para que aprendas a no confiar en nadie." Inmediatamente pensé que esta sociedad necesita un esfuerzo educativo que rescate la esencia sublime de nuestra controvertida naturaleza.

¿Ingrediente básico para la convivencia? Esa confianza rota, cristal delicado hecho añicos en las manazas del padre de turno. ¿Cómo restaurarla?, difícil. Siendo más fácil educar a un niño, ahora tenemos que enderezar al adulto que aprendió a desconfiar. El drama de algunas instituciones es que quienes ejercen el poder no se ven investidos de la credibilidad intelectual y moral del mejor liderazgo.

¿Qué hace éste? Más allá de la maleza de etiquetas y prejuicios, hace las paces con la realidad, ahí se acurruca la verdad. Del silencio de los hechos y de la tiranía de ideologías alienantes nada bueno se puede esperar. En la confección de equipos, el talento es criterio preferente. Abraza el cambio no como un eslogan cansino y vacuo, sino como el estado natural del ser humano, sabiendo que en lo profundo del río la vida permanece serena.

Duda, pregunta, escucha, relativiza casi todo, porque vive tres o cuatro valores que se revelan intocables. Transcendiendo accidentes de raza, sexo, apellidos y nacionalidad, practica el arte de la inclusión. En su proyecto cosmopolita y global caben todos. Ciudadano de primera, se sabe y siente inmigrante vulnerable.

En la soledad del decisor trabaja un músculo llamado carácter, que en las tormentas de la travesía se curte y tonifica. Se fija en la historia, no en su narrador. Sin manipularlo, conoce, aprende y firma el pasado, único modo de soltarlo. Ni vende un futuro anestesiante y feliz, ni lo entiende como un Tsunami que nos arrolla. Se concentra en el presente, descifrando sus mensajes.

Con pasos firmes, cortos y anónimos, sueña despierto, trabaja duro, así el futuro se hace un hueco entre nubarrones. Es honesto, no le roba al pueblo sus problemas, sino que le ayuda a enfrentarse con ellos. La relación está guiada por la sinceridad, la transparencia y la madurez de saberse iguales. Huye del paternalismo que nos ancla en la infancia, y rechaza la jungla darwinista y excluyente.

En lugar de prometer utopías colectivas, confirma que no hay barrio, empresa, país, que se pueda construir sin respetar la dignidad de cada persona. Cultiva un corazón humilde y una mente abierta, padres entrañables de una visión sabia y humorística de sí mismo. Artesano paciente de su paz interior, prefiere el silencio que el ruido.

Cree en el genio y espíritu humanos, de ahí que ame la libertad y asuma la responsabilidad. Entiende el liderazgo como un encargo, una sorpresa en cuyo regazo habrá que proteger a la persona, no vaya a quedar aplastada por las vanidades del personaje, prisionero en las garras del poder.

Esta es una feliz paradoja, influye aquel que no le obsesiona influir, seguimos a aquel que no nos quiere guiar, escuchamos a aquel que no nos sermonea. ¡Ay, el poder! Debiera estar en manos del que no lo desea, y lejos del que en él se recrea y ensimisma. Ya, ya lo sé, tenemos más profesionales del poder que líderes, así nos va en esta Europa que, como a Unamuno España, me duele.