

18-04-2008
Santiago Álvarez de Mon
Profesor ordinario del IESE

Últimamente he charlado con profesionales que, habiendo tenido muchísimo poder en otras etapas de su vida, ahora mismo se ven privados de las prebendas del mismo. Celebro decir que me he encontrado a personas curiosas, ávidas de aprender, con variedad de proyectos en marcha, activas y llenas de energía. Les conocí cuando mandaban mucho -todo el mundo se les ponía al teléfono- y ya entonces su conversación rebosaba realismo y un prudente escepticismo. Eran plenamente conscientes del papel que representaban, estaban sobre aviso de los trucos y vanidades de personaje tan poderoso, e intentaban no perder la perspectiva mimando a la persona que permanecía apurada en la trastienda. ¿Fruto de inversión personal tan inteligente y visionaria?, pues que la pérdida de poder no ha venido acompañada de nostalgia, resentimiento o vacío, aflicciones que a menudo atenazan a los que flirtean con droga tan dura y adictiva.
Desafortunadamente, el síndrome de la Moncloa no aqueja sólo a los inquilinos del palacio presidencial, también se extiende a los despachos de la empresa moderna. Se habla con fundamento de la depresión postparto. Igualmente podrían escribirse tratados minuciosos de antropología sobre la depresión postpoder, estado mental y emocional en el que uno no se haya, para desgracia propia y de los que le sufren. Visto lo que hay en juego, se impone anticiparse a bestia tan feroz y blindar el núcleo de nuestra vulnerable y antojadiza personalidad. La familia, los amigos, la cultura, el deporte, la naturaleza, encuentros con uno mismo para meditar sobre el éxito, la felicidad, la paz, la muerte, resultan curativos para estas traicioneras vicisitudes. Preguntarse quién soy y permanecer atento a los pensamientos y sentimientos más hondos de la persona, en lugar de definirse desde la superficialidad y soberbia del personaje, es una liberadora gimnasia diaria.
Lean el testimonio desgarrador de un padre destrozado: "¿Hacia dónde se han vuelto ahora las palabras? Daría todos mis libros -qué pobres, qué ridículos, qué precarios, qué inválidos, qué nada al lado de esta pérdida- y daría mi prestigio, ese prestigio que tanto pongo entre comillas, y los honores y las condecoraciones, por recuperar la cercanía de Jorgito". Es Sábato, a raíz de la muerte de su hijo Jorge. Su palabra invita al recogimiento, sólo el silencio es interlocutor válido, se encoje el alma mientras lo lees. Devastado por la tragedia, su ego -fama, premios, títulos, honor- queda aplastado, es el tiempo de un Yo sufriente y entrañable. "Me he convertido en un ser extremadamente necesitado, que no para de buscar un indicio que muestre esa eternidad donde recuperar su abrazo". ¡Ojalá no necesitemos la irrupción virulenta de la adversidad para aspirar a la sabiduría!, la única capaz de tener bajo control al viejo y tramposo miura del poder.
Ya intuyen cuál es mi respuesta a la interrogante formulada. ¡Claro que hay vida después del poder!, dudo si la hay mientras se vive entre sus carantoñas. Y, querido Sábato, seguro que la hay en la eternidad, misterioso hogar donde abrazarás a Jorge.