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14-03-2008

Santiago Ãlvarez de Mon
Profesor ordinario del IESE

La crisis, esa maestra

Felizmente superada la campaña electoral –¡qué habremos hecho como país para merecer un castigo tan severo!–, la crisis presenta su rostro más crudo y real. El tiempo de las caretas, mensajes anestesiantes, tratamientos paliativos, ha pasado. Ahora toca mirarla de frente y torear un miura brioso que embiste descaradamente. En el difícil y misterioso viaje humano, la adversidad es una maestra exigente e implacable que siempre, tarde o temprano, acaba cursando su visita. Ella elige el momento, a nosotros siempre nos parece fría, injusta e inoportuna. Su presencia sorpresiva pone a prueba los cimientos de nuestro proyecto vital.

Si venimos estudiando durante todo el año, el examen traicionero nos pilla preparados; si nos hemos dormido en los laureles, no basta con el atracón final. Suspenso, y a septiembre, incluso en esta España blandita de aprobado general. El malogrado Christopher Reeve, el célebre Superman, era experto en la materia: "Una crisis como la de mi accidente no cambia un matrimonio; saca afuera lo que hay verdaderamente dentro. Intensifica el sentimiento pero no lo transforma". En su caso, el amor que Dana, su mujer, y él se profesaban mutuamente, les mantuvo unidos hasta el final.

Así es, la crisis nunca deja a nadie indiferente. Nos une y hace más fuertes, o nos separa y empuja al barranco. ¿Están preparadas nuestras empresas? ¿Van a aguantar la embestida del temporal que se avecina? La pregunta es universal, la respuesta, particular e intransferible. En algunos sectores, los vientos que soplan son violentos; en otras actividades vienen más templados.

En todo caso, nos va a examinar en algunas cuestiones nucleares. ¿Tenemos el talento necesario para convertir problemas y desafíos inéditos en oportunidades nuevas y atractivas? ¿Somos una comunidad sana y solidaria, que rema en la misma dirección, o va a imperar el sálvese quien pueda? Las crisis muchas veces provocan una diáspora en la que algunos se retratan. ¿Nuestra embarcación está construida con un material sólido y resistente –los principios y valores filosóficos que la sostienen–, o las calidades de la madera muestran grietas preocupantes? ¿Tenemos el coraje que la situación requiere? ¿Hemos venido ejercitando un músculo llamado carácter, a base de constancia, disciplina, humildad, esfuerzo y humor, o carece de tono y energía? Este último interrogante va a marcar la diferencia, me preocupa que el partido nos coja en baja forma, atrofiados y con algún michelín de más.

"Un héroe es una persona ordinaria que encuentra la fortaleza de perseverar y resistir a pesar de obstáculos abrumadores", escribe Reeve en su autobiografía Steel Me. Escéptico convencido de "líderes", gurús y charlatanes de feria, creo en el hombre y mujer ordinarios, sea empresario o directiva, taxista o maestra, arquitecto o científica, vendedor o enfermera, albañil o cajera, que en la adversidad alcanza registros excepcionales. En ellos tengo depositada mi esperanza; en su liderazgo anónimo, cotidiano y ejemplar radica mi convicción intima de que capearemos la tormenta y saldremos fortalecidos de ella. ¡Feliz travesía!