

20-10-2007
Santiago Ãlvarez de Mon
Profesor ordinario del IESE

Procedente de la infancia mágica y camino de la madurez serena, se incrusta la adolescencia, etapa fronteriza e invasora, que esta sociedad estira hacia delante y hacia atrás como si fuera un chicle. Mentes en periodo de construcción son siempre más manipulables y vulnerables. Agresividad, prepotencia, falta de respeto, gregarismo pandillero, seguidismo acrÃtico, impaciencia, ingenuidad, pleitesÃa a la moda, rigidez en la defensa de ideas y opiniones, son algunas de las actitudes y conductas tÃpicas de una fase vital indefinida, que negocia entre la rebeldÃa y la apatÃa. ¿Qué respuesta merece? Firmeza –sin asideros robustos se pueden extraviar–, comprensión –al fin y al cabo por esa aduana hemos pasado todos–, y optimismo, nos consta que la tormenta pasa y acaba saliendo el sol.
Este artÃculo no versa sobre adolescentes quinceañeros, sino sobre otros más talluditos y amortizados que se refugian entre las filas de los adultos. La polÃtica está abarrotada de ellos. Descalificación del adversario, apego a ideologÃas obsoletas, violencia verbal, liderazgo temerario, cerrazón fundamentalista, apelación al miedo, instinto animal por excelencia, son, desgraciadamente, modos y costumbres habituales en el paisaje polÃtico. Últimamente, en la empresa también me encuentro con adolescentes tardÃos.
La gestión permanente de excusas, el quiebro a la responsabilidad personal, la búsqueda de chivos expiatorios, la alergia para asumir el error, la deriva del equipo en colectivo fragmentado, la falta de un sentido de la propiedad de la carrera profesional, la agresión a la libertad en ambientes que cantan loas a la innovación y la creatividad, la ausencia de un diálogo constructivo y transparente, la impulsividad a la hora de discrepar, el escaso control de emociones y sentimientos que se desbordan, la carencia de una mirada humorÃstica de la realidad, un relativismo filosófico que no distingue lo esencial de lo accesorio, son algunos de los males que aquejan en mayor o menor medida al tejido socioempresarial.
Como telón de fondo y posible causa explicativa, un profundo desconocimiento de nuestra verdadera identidad. Faltos de esa brújula interior, proyectamos nuestros miedos y angustias sobre los demás. De este modo, por sorpresa y contra natura, el paradigma de la inmadurez se cuela en oficinas y despachos profesionales.
Ante este estado de cosas, ¿qué hacer? Pensándolo bien, nos enfrentamos al mismo dilema que nuestros jóvenes. Podemos optar por el cinismo, versión adulta y "mejorada" de la apatÃa adolescente, o por el compromiso y la pelea por nuestros mejores ideales y valores, versión inteligente de la primera rebeldÃa. Emito tanto un deseo como un pronóstico. La empresa que sea capaz de suscitar esa involucración emocional y moral será dueña del futuro. La otra, verá su defunción.
¿Conclusión? Toca volver a clase, estudiar, desaprender, madurar, crecer. Mas vale tarde que nunca. Si a nuestros hijos les está costando, a lo peor porque no tienen referencias ejemplares, imagÃnese a nosotros, sesudos empresarios, directivos, consultores, profesores... ¡Ãnimo!, hay margen generoso para la esperanza. Sin necesidad de hacer ningún acto de fe, todos conocemos hombres y mujeres adultos que aúnan la frescura de la infancia y la sabidurÃa de la madurez. En su momento soltaron la adolescencia, edad transitoria, esa es su única vocación y razón de ser.