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15-09-2007

Santiago Ãlvarez de Mon
Profesor ordinario del IESE

Pobrecitos

Alvarez de Mon

Lo siento, querido lector, pero como profesor no me he podido aguantar. Recién llegado de América, leo perplejo la propuesta de la Ministra de Educación para atajar el problema del fracaso escolar.

Si ante medida tan "seria e imaginativa", los alumnos del año que viene captan el mensaje subliminal que encierra, y un buen número de ellos suspende, por ejemplo, seis asignaturas, lo lógico es que para evitar tal sangría suba el listón de cuatro a seis, y así hasta llegar al aprobado general. Feliz arcadia colectiva, ¡el país del mundo con menos estudiantes descolgados!

Incapaces de ahondar en las causas de un grave problema –la educación de un país es la piedra angular del edificio común– nos limitamos a pintar la fachada. La persona que sólo me exige, probablemente sea un tirano intransigente, pero no me fío un pelo de la que no me hace currar, seguro que no me valora.

La cultura del regalo no es un problema exclusivo del bachillerato, también aqueja a otras instituciones de un país acunado en un lecho de quejas y algodones. En casa, padres de familia asustados y obsesionados con su carrera profesional, van de coleguis de sus hijos, privándoles de referentes amorosos y firmes.

Deberes y responsabilidades
En lo concerniente a la res pública, si el tratamiento fuera de ciudadanos y no de súbditos, algún político tendría el coraje de hablar no sólo de derechos, sino también de deberes, no sólo de libertades, sino también de responsabilidades. De igual manera, la empresa sufre de atrofia muscular. Del directivo autoritario, distante y jerarquizado hemos pasado al informal, simpático y participativo que busca celosamente el aplauso de sus colaboradores.

A mí me basta con que sea respetado y reconocido como una persona íntegra y como un profesional avezado. Sólo este perfil da feedback negativo y constructivo cuando se requiere, asume decisiones impopulares y penaliza de un modo u otro a los que se escaquean. En una liga crecientemente global y competitiva, muchos países sí están haciendo sus deberes pedagógicos; se necesitan jugadores espabilados, curtidos y resistentes. Obvia decir que sólo se consiguen a base de entrenamiento y sudor. De ambos estamos escasos.

No se me entienda mal. El axioma fundamental que preside mi pensamiento está ligado al placer de la educación, al gozo de aprender, al sentido lúdico del trabajo, a la frescura y heterodoxia del niño que todos albergamos. Nada espero del sopor que abunda en aulas y oficinas, y merece todo mi crédito la pasión, el humor, el optimismo y el gusto de ambientes sanos y divertidos.

Dicho esto, no se arriba a la feliz ocurrencia, a la casual espontaneidad, al dominio fácil de un oficio, a la creatividad suprema, a la sensación de fluidez, si no son anunciadas y precedidas por horas de esfuerzo, disciplina y constancia, vocablos innombrables en un país ñoño e interesadamente mimado.

Éste es el artículo de un profesor preocupado, de un padre alucinado, de un adulto indignado. Ojalá sus autores fueran estudiantes jóvenes y maduros, ellos son los más perjudicados. El futuro es de ellos, si en el presente los mayores no hacemos más tonterías. Me voy a estudiar, no me vayan a suspender mis alumnos o mis clientes.