

27-04-2007
Pilar Trucios
Subdirectora de Expansión.
¿Conoce a profesores satisfechos y felices en la universidad? Yo, a alguno. ¿Y frustrados? Desgraciadamente, a más de los que quisiera. El motivo: el ansia por demostrar su valÃa y la imposibilidad de hacerlo.
Aunque tengo algo lejanos mis años de universidad, en los que la oferta pública dejaba mucho que desear y el ambiente suplÃa todo lo que de incomprensibles e inútiles tenÃan algunas de aquellas clases -en las que ni siquiera aprendà lo que era un teletipo porque nadie me lo explicó-, siempre tuve un concepto idÃlico de algunos profesores. Me parecÃan almas comprometidas con su vocación, al más puro estilo Robin Williams enseñando a sus pupilos en El club de los poetas muertos, la pelÃcula dirigida en 1989 por Peter Weir. Pero, últimamente, por más que quiero afianzar en mi memoria la idea del maestro culto y riguroso en pro de su clase magistral, se desmoronan en mi mente esos idÃlicos pensamientos cuando escucho las conversaciones de mis amigas profesoras de universidad. Estoy convencida de que en su interior, conservan pensamientos grandilocuentes pensando en la formación de sus alumnos, en sus magnÃficas conferencias o en las múltiples investigaciones… pero lo que refleja su exterior, no es nada bucólico, sino todo lo contrario. Hablan de traiciones, luchas sin cuartel, mentiras, ambiciones desordenadas, puñaladas por la espalda… palabras más propias de una pelÃcula de época que de un lugar donde las ideas deben fluir entre la confianza y la educación.
El rigor y la valÃa profesional quedan relegados por la comidilla, los amiguismos y las tendencias polÃticas o religiosas. Tú, ¿de qué cuerda eres? Si uno sabe contestar a esta pregunta, igual le es más fácil advertir que hay determinados sitios donde no tiene cabida. Si le es difÃcil responder, porque lo único que le mueve es su vocación profesional, también lo tiene complicado. Actualmente -confieso que con excepciones-, no brillan los mejores profesores, sino los más polÃticos, pelotas, avispados o los que saben venderse al mejor postor.
El lector podrá pensar que esto también sucede en la empresa privada y no le falta razón, pero hay una diferencia. Yo puedo pasar mi vida luchando por una organización en aras de su sostenibilidad y mi desarrollo, pero si un dÃa detecto que no quieren contar conmigo, tengo la opción de irme a cualquier otra parte sin necesidad de perder mi currÃculum en el camino.
Cuando uno lucha por ser profesor titular o catedrático en la universidad y no la consigue por cuestiones externas a su valÃa personal, es duro y casi imposible empezar desde cero en otra parte. Y lo peor, si decide reengancharse al mercado laboral después de años en una facultad, su experiencia docente suele sumar cero.
Me pregunto qué pasará en los próximos años. La nueva ley deja ahora en manos de las universidades la composición del tribunal que adjudica las plazas y los criterios para hacerlo. ¿Cambiará esto que las vacantes estén asignadas antes de anunciarse? Sincera y desgraciadamente pienso que no.
Veremos si en el futuro algún gobierno decide implicarse de veras en hacer esta adjudicación más objetiva y rigurosa y evitar asà que ascender en la universidad no sea frustrante. De esta manera, también conseguiremos que los estudiantes tengan los mejores profesores.