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04-05-2007

José Manuel Casado
Socio de Human Performance de Accenture.

De educación a "paideia"

Son muchos los cambios y las reinvenciones que estamos realizando para adaptarnos a las nuevas situaciones de transformación que vivimos. Sin embargo, el conformador del ADN de nuestro comportamiento, es decir, nuestro sistema escolar y educativo, sigue sustentándose sobre unos principios obsoletos y trasnochados.

La educación tiene mucho que ver, no sólo con los conocimientos que aplicamos en nuestra empresa, sino también, y sobre todo, con lo que es más importante: nuestra actitud y carácter ante la vida y el trabajo que hacemos. Fíjese, ya en la antigüedad los griegos utilizaban el término paideia para referirse a la educación.

Incluía varios conceptos básicos como el conocimiento, la excelencia y, por supuesto, la formación del carácter para que "buscara lo hermoso y lo bueno y de manera innegable". Además, los griegos sostenían que tiranos y demagogos privaban al pueblo de la educación para que, convertido en un rebaño de ovejas, fuera más fácil de dominar. Algo que parece fomentar el actual modelo: rutina, acomodamiento y aversión al riesgo.

Es preocupante que el sistema educativo, que fue diseñado para la era industrial o Fordista, en la que los empleados tenían que conocer su sitio y necesitaban una formación uniforme, que les instruía para memorizar y repetir, siga siendo el imperante a pesar de que mate la iniciativa individual y la creatividad.

En las empresas decimos que necesitamos de ésta última y que tenemos que innovar, pero a la hora de la verdad, educamos a nuestros hijos para todo lo contrario. Me atrevería a decir que el sistema educativo, en general, lo que crea es más de lo mismo: personas y gestores con gran capacidad de análisis, que repiten, conservan y mantienen lo que existe, y pocos dispuestos a modificar el statu quo.

Las escuelas fueron diseñadas por Horace Mann y Edward L. Thorndike para ser un mecanismo de control de la gestión científica tayloriana de una población masiva. El objetivo era reproducir individuos cuyo comportamiento fuera predecible y fácil de controlar. Lamentablemente, sigue siendo lo mismo: memoria y repetición de la irrelevancia; porque la mayoría de lo que se enseña sirve para poco más que para ser un buen jugador de trivial.

Asímismo, en nuestra escuela, lo que se enseña es a memorizar y a hacerlo de forma individual y mecánica; pero no a cuestionarnos las cosas ni a trabajar en equipo, que es el tipo de organización del trabajo que mejores resultados da a la empresa. Por otra parte, nuestro sistema educativo sólo ofrece respuestas, cuando realmente lo que debía plantear son preguntas y entrenarnos en aprender cómo buscar nosotros mismos dichas respuestas.

Tal vez por ello, el éxito escolar, tener buenas notas, no garantiza el éxito profesional. Thomas Stanley, un estudioso de las personalidades que han conseguido un importante éxito, sostiene que "las evaluaciones de la vida escolar son malas para predecir el éxito económico" y que "lo que sí lo predice es la capacidad para asumir riesgos; sin embargo, los estándares de éxito-fracaso de la mayoría de las escuelas penalizan a quienes asumen riesgos".

Quizá por ello haya tanto emprendedor que ha triunfado en los negocios y que abandonó la escuela más pronto que tarde; y quizá por todo ello, estamos obligados a reinventar la educación.