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09-06-2007

José Manuel Casado
Socio de Human Performance de Accenture.

El error de sancionar el error

Últimamente vengo observando una preocupación casi obsesiva por la innovación. Por ejemplo, el mes pasado el director general de una gran empresa española me pidió que, en la celebración de sus jornadas de reflexión estratégica, hablara a su equipo sobre cómo y qué hacer para innovar. Hace apenas un par de semanas el director general de recursos humanos de un gran banco me decía: "En la convención de directivos de este año, el eje de reflexión del presidente es la innovación".

En Expomanagement 2007, a tenor de los temas tratados, innovación podría haber sido el lema de este gran congreso de directivos. También el mes pasado me invitaron a dar otra conferencia en Palma de Mallorca en el seno del Foro de Innovación Empresarial, magníficamente organizado por el CAEB (Confederación de Asociaciones Empresariales de Baleares), sobre innovación y que, en este caso, titulé Desaprendizaje para una cultura de innovación. Estoy convencido de que para innovar lo primero que hay que hacer es superar el error; es decir, aprender a olvidar entre otras cosas la forma en cómo lo gestionamos.

En este renovado –y casi compulsivo– interés por el tema, hay una cosa en la que todos solemos estar de acuerdo: necesitamos la innovación. Suelo decir que quien cree haber llegado, deja de progresar, pero para hacerlo, debemos acostumbrarnos a convivir con el error. Si la empresa desea que su gente sea creativa e innove, tiene que incorporar sistemas de perdón –un cierto grado de tolerancia hacia el error y el fracaso– en sus procedimientos de recompensa y promoción. Sin embargo, actualmente parece que impera la mentalidad contraria: hacer a los individuos responsables de su propio rendimiento; ello provoca que las personas actúen en contra de lo que se quiere conseguir.

Si a usted le van a hacer responsable de cada error que cometa y se le va a castigar severamente por ello, ¿cuántos riesgos está dispuesto a asumir? y ¿cuál será su decisión a la hora de poner en práctica nuevas ideas que supongan un cierto riesgo?

Una de las emociones nocivas más frecuentes en la empresa es el temor. Posee efectos secundarios perversos, como que retrasa inevitablemente el flujo de información en la organización. Las empresas piden que la gente diga la verdad, pero al que la dice o se equivoca, se le sacrifica. Ilustra muy bien esta realidad la sentencia que pronunciara el conocido productor Sam Goldwyn: "Quiero que todo el mundo me diga la verdad, aunque le cueste su empleo". El segundo de estos indeseables efectos es que provoca que la atención se centre en el corto plazo y en la propia supervivencia. Si hay temor, las personas no se preocupan por lo que va a ocurrir al final del proceso y ni siquiera por el día siguiente, únicamente por el presente: ¿cómo podemos salvarnos hoy, aquí y ahora?

Recuerde que sólo las personas que van más lejos, las que hacen más cosas y de manera diferente, los aventureros y los emprendedores pueden meter la pata, pero son ellos los que hacen a las empresas competitivas. El fracaso nos obliga a revisar la situación de forma exhaustiva; por contra, el éxito continuado puede hacer a las personas más torpes e idiotas. Por favor, seamos coherentes, exijamos a nuestra gente que sea creativa e innove, pero no cometamos el error de sancionar el error.