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30-03-2007

Jesús Vega
Experto en recursos humanos.

El dulce sabor del fracaso

Caes. Y abres los ojos. Con la cabeza pegada al suelo el mundo es diferente. Sientes la tierra en la boca. Es un regusto amargo. Y el cuerpo, dolorido. Todavía aturdido, miras hacia arriba y ves cómo te observan. ¿Es eso que ves una sonrisa? Y piensas: ¿Es éste mi sitio? ¿Acaso no deberías haber intentado saltar tanto? ¿No es más dura la caída?

Sientes impotencia, temor. Estamos dirigidos hacia el éxito, pero no para el desastre. Sin embargo, pienso que es él, y no el éxito, la medida real de las personas. Déjenme, por favor, que les explique mis razones.

El éxito es embriagador y te hace ver las cosas a través de un cristal de colores brillantes que manipula la realidad. Hemos sido así educados: sacar las mejores notas, meter muchos goles, ser el profesional más brillante, el más afortunado inversor, el más divertido de los amigos... Y el éxito, confesémoslo, lo buscamos de muy distintas maneras (profesional o personalmente, en esta vida o en otra, física o espiritualmente).

¿Qué ocurre cuando mordemos el polvo? Corremos el riesgo de que se nos caiga el mundo encima y que las consecuencias de la derrota sean más devastadores que el fracaso en sí. Por tanto, se me ocurre reflexionar sobre el lado oscuro:

  • Pregúntate si es un fracaso. ¿O sólo no has alcanzado las expectativas que otros te marcaron? ¿Lo es o sólo lo sientes como tal? Utiliza la derrota para romper la inercia y preguntarte si ésa era la dirección que habías decidido libremente. Así, no se convierte en el fin del camino, sino en una señal de stop que te ayuda a pensar en qué dirección quieres ir.

  • Acéptalo. Admiramos a los que triunfan, pero debemos recordar que todos han fracasado alguna vez. El éxito es una de las dos caras de la moneda, por lo que debemos aceptar cualquiera de las dos con valentía, humildad y naturalidad.

  • Háblalo. Las palabras sirven para lavar las manchas del alma. Por eso, cuando las cosas no salen como tú quieres, no tengas miedo a hablarlo con tu gente. No lo dudes, alguna vez se han sentido como tú.

  • Aprende. Sólo un fracaso del que no hayas sacado enseñanzas te debe preocupar. Sólo te mereces uno del que no quieres aprender. Visto así, no hay nada que nos haga mejorar más que las derrotas. Una misma tabla se puede usar como barrera o trampolín. Tú decides.

  • Disfruta lo bueno del intento. Sí, te ha dejado tu pareja pero pasasteis buenos ratos. Perdiste dinero en esa inversión pero aprendiste a tomar precauciones. Vale, te han despedido, pero has conocido una nueva cultura de empresa.

  • Mira en tu interior. Sólo es un fracasado aquel que no quiere seguir intentándolo, el que se conforma, el que deposita su propia confianza en la opinión de los demás, el que no se reconoce a sí mismo con sus fortalezas y debilidades.

  • Revisa tus códigos morales. Cuanto más competitivo seas, más derrotas tendrás. Sólo hay un primer puesto en las carreras de motos. Pero puede haber multitud de oportunidades para salir en moto con tus amigos y disfrutar de las verdes campiñas en primavera.

Por eso, el fracaso puede ser dulce. Porque te permite volver a intentarlo, a pelear, reafirmar tu alianza con la vida, mejorar. Puede que sea verdad que la felicidad no está en la meta, sino en el camino. Si la vida te desvía, hazle caso y busca otro camino.