

09-12-2006
Jesús Vega
Experto en recursos humanos
Un director de recursos humanos me comentaba el otro dÃa que estaba promoviendo en su empresa una serie de acciones encaminadas a conciliar la vida profesional y familiar. Casi todas estaban dirigidas a trabajar menos horas. "¿Te acuerdas cuando empezamos la enorme cantidad de horas que tuvimos que trabajar? ¡Qué gran inversión tuvimos que hacer! ¡Cuántas horas de nuestra vida privada sustraÃdas! ¡Ya es hora que comencemos a vivir bien!", me dijo.
Como sé que gana una importante cantidad de euros (lo que podrÃa influir en su radical cambio de prioridades), le pregunté: "¿Si no ganaras lo que ganas y no tuvieras la casa pagada promoverÃas esas mismas acciones?" Su respuesta, afirmativa, fue contundente. Pero no estoy seguro que fuese sincera.
Les aseguro, sobran casos como éste, en los que antiguos workaholics se convierten en adalides de la buena vida cuando han alcanzado una cómoda situación profesional. No creo en esos programas de conciliación. Como no creo en otras medidas vacÃas que consisten en distraer a la gente sin proponer la solución real de los problemas. Envoltorios sin contenido. Márketing del disfraz. Y no se dan cuenta de que no se engaña a nadie.
Todo ello, que no se nos olvide, en un contexto en el que un paÃs ha recuperado en unos pocos años el tren de la modernidad que perdió hace dos siglos. Trabajando duro. Además sabemos, porque se nos recuerda todos los dÃas, que por ahà fuera hay alguien dispuesto a producir mucho más barato el producto o servicio que hacemos en nuestras empresas. Millones de personas en Asia, Europa del Este o Latinoamérica, que trabajan incansablemente para robar nuestro puesto de trabajo. Muchos lo están consiguiendo.
En definitiva, queremos la jornada laboral francesa (35 horas), las vacaciones alemanas (seis semanas laborables) y los salarios suizos. Y un chalé en Torrevieja. Es legÃtimo. Está bien aspirar a la mejor situación posible. El problema es que la aspiración pueda llegar a ser irreal. O peligrosa. Las personas, las empresas o los paÃses normalmente entran en crisis cuando hay una gran diferencia entre lo que se quiere y lo que se puede conseguir.
Pero tampoco creo en las jornadas interminables, sin sentido, que tienden más a valorar la cantidad (de horas) sobre la calidad (del trabajo). Tampoco creo en perpetuar sistemas improductivos (por ejemplo, utilizar tres horas para comer) que perjudican los intereses de la mayorÃa, sólo porque nadie se atreve a desafiar el statu quo.
Ni que las empresas deban permitir que los directivos aten a sus colaboradores a horarios desmesurados sólo porque ellos no soportan su vida familiar.
Asà que tenemos un problema complejo cuya formulación podrÃa ser la siguiente. Cómo incrementar el tiempo privado disponible sin perder competitividad. Cómo mejorar los derechos de los empleados sin mermar los intereses de los accionistas. Para mà la solución es sólo una: mejorar la productividad individual y colectiva, siendo conscientes de que la mayor responsabilidad para habilitar ese entorno productivo es de los que tienen que tomar decisiones.
Este paÃs cuenta con escuelas de negocios que se encuentran entre las más prestigiosas del mundo; muchas de nuestras empresas son admiradas internacionalmente y la evolución de nuestra economÃa en los últimos años ha sido sorprendentemente positiva. Sin embargo, nuestros Ãndices de productividad siguen siendo de los mas bajos entre los paÃses de nuestro entorno.
Porque ésa, creo, es la clave. Incrementemos la intensidad de nuestro trabajo, invirtamos en ideas y sistemas y acabemos con los viejos hábitos. Entonces, vayamos a disfrutar de nuestra vida privada con nuestra reciente prosperidad económica. Pero, discúlpeme, sólo querÃa hablar conmigo mientras reflexionaba con usted.