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22-12-2007

El estruendo del silencio

Recomienda un proverbio chino: "Que tus palabras sean más valiosas que tu silencio". En efecto, encontramos en muchas ocasiones que la cantidad de palabras emitidas por una persona va en relación inversamente proporcional a la calidad de las mismas. Palabras vacías, frases sin sentido, discursos enrocados en sí mismos.

No es propósito de este artículo criticar a aquellos que cometen excesos en su expresión verbal porque, afortunadamente, nuestro cerebro tiene una enorme capacidad para filtrar esos excesos y quedarse con lo interesante. Lo peor que se puede perder con estas personas es el tiempo, que no es poco.

Como hombre de empresa me preocupa lo contrario. Es decir, que se puedan perder las ideas de aquellas personas que no poseen inclinación natural a expresarlas. Todos las conocemos. Se sientan en las reuniones y escuchan atentamente; les cuesta mucho interrumpir a los demás y, cuando finalmente toman la palabra, son ellos los interrumpidos.

Normalmente hablan algo más bajo y lento. Eso, para algunos, supone una invitación a la invasión. Invasión verbal: si tú hablas lento y bajo, yo hago valer mis palabras superponiéndolas a las tuyas. De esta forma, en la mayor parte de los casos, sus ideas no se valoran, aunque hubiesen podido ser las más valiosas de la reunión. Minas de oro que seguirán estando ocultas.

Podría decirse que nuestra cultura tiende a la expresividad. Que nos gusta hablar y expresarnos... Tenemos prisa por decir y escuchar y, fundamentalmente, tenemos asimilado que un rasgo de liderazgo es la asertividad, es decir, la natural inclinación a influir en los demás. Influencia que se caracteriza a través de la palabra. A todos nos gustan los espejos: si el jefe es charlatán le gustan los colaboradores charlatanes. Mientras tanto, la mina de oro sin descubrir.

Me escandaliza pensar en la cantidad de buenas ideas, de óptimas propuestas, de brillantes aportaciones que se han perdido en la mente de los profesionales avasallados; no escuchados a la hora de expresarlas. Recuerde: ideas de gente de su empresa, empleados que la conocen y se preocupan por ella. Mucho oro desperdiciado.

Soy consciente de que es muy difícil cambiar la naturaleza de las personas, pero sigo sosteniendo que nuestra obligación es obtener lo mejor de nuestra gente. Por ello, me permito sugerirle lo siguiente:

• La primera tarea sólo la puede hacer usted; desvincule las ideas de las personas y el valor de las ideas de la forma o el volumen en que son expresadas.
• Identifique a esas personas. Valore en privado y en público la estima que tiene por sus opiniones. Anímeles a que las sigan expresando.
• Utilice las tecnologías. Si le cuesta expresar su opinión en público, promueva que lo hagan por correo electrónico. Si se requiere inmediatez, ¿por qué no un programa de mensajería instantánea donde su equipo pueda intercambiar las ideas?

Puede que esté de acuerdo conmigo en que vivimos en una sociedad en la que existe un griterío a veces ensordecedor (noticias, opiniones, valoraciones, críticas). Pero puede también estar de acuerdo en que el silencio, entendido como el vacío de las ideas, puede ser estruendoso. Explore la mina con todo su equipo; recupere lo que es suyo.