

28-04-2008
Carmen Iglesias
Presidenta del grupo Unidad Editorial

Detrás de esta mujer de 66 años se esconde una joven de espirÃtu inquieto y con un currÃculum académico y profesional capaz de empapelar los numerosos despachos que ha ocupado. El último, el de la presidencia de Unidad Editorial.
En el Madrid en el que se crió Carmen Iglesias nevaba mucho. Pero ella no perdió ni una sola clase por culpa de la nieve. Si era necesario, sus padres la llevaban en brazos hasta la puerta del colegio. ConstruÃa asà la que ha sido su mejor arma para enfrentarse a la vida: el conocimiento. Esta mujer que acumula cargos y saber casi en igual medida, se muestra conciliadora cuando habla de las nuevas generaciones, el rumbo de la sociedad y, en general, la vida. Su condición de historiadora la aparta del optimismo más inconsciente y la impulsa a asumir retos reales. El último, la presidencia del grupo de comunicación Unidad Editorial, que conjuga con maestrÃa con el mundo de las ideas, del que es catedrática. Mujer en un mundo de hombres, se ha batido el cobre con evidente maestrÃa, e invita a hacer lo mismo a todo el que la escuche. El lunes 28 de abril recibe el Premio Mujer LÃder 2008 convocado por la Fundación Rafael del Pino, la ConsejerÃa de Empleo y Mujer de la Comunidad de Madrid y la Escuela Internacional de Negocios Aliter.
¿Qué enseñanzas de la historia podemos aplicar a nuestra realidad?
Si no conocemos nuestra propia historia somos incapaces de sentir la realidad del presente y, sobre todo, de hacer proyectos para el futuro. La historia es maestra de la vida, pero otra cosa es que aprendamos de verdad de esas enseñanzas. La historia es siempre dolorosa, en todos los paÃses y en casi todas las épocas. Ahora, desde luego, en el momento que vivimos, comparado con otras épocas, ser mujer y vivir en Occidente es un privilegio que nuestras antepasadas nunca habÃan tenido. Pero hay que recordar que llegar al estado que tenemos ha costado muchÃsimas generaciones, muchÃsima batalla, muchÃsima lucha.
¿Cómo cree que va a pasar este comienzo de milenio a los libros de historia?
Siempre digo que soy historiadora y no futuróloga. Pero de todos los hechos que han ocurrido en este comienzo de milenio, el más importante ha sido el ataque terrorista islamista. En España, después de la Transición, el elemento más importante ha sido el ataque islamista que trastocó todo Occidente. Indudablemente ha hecho perder la alegrÃa, nos ha hecho perder una cierta seguridad y un bienestar que creÃamos inquebrantables.
Usted sigue dando clases en la Universidad, ¿Cómo ve a las nuevas generaciones?
Hay que tener mucho cuidado al juzgar a estas nuevas generaciones, porque los mayores tienden a decir, –y eso se ve muy bien en la historia–, cosas como "bah, los jóvenes están destrozando todos los valores tradicionales". Pero esto forma parte de su valor, de lo que tienen que hacer. Por lo tanto, yo soy reacia a hacer crÃticas totales. En la Universidad, y por la experiencia de tantas generaciones de alumnos, siempre ha habido un grupo de estudiantes muy buenos y otro muy malo; y luego ha habido una franja media de cierto nivel. Hoy, en la franja media el nivel ha bajado espectacularmente. Pero hay un agravante: los grupos de excelencia, que antes eran un modelo, se han disuelto desgraciadamente en toda esa masa crÃtica.
¿Qué opina del desinterés de las nuevas generaciones por la polÃtica?
Hay que tener cierta cautela, porque todos hemos sido jóvenes. En esos momentos somos más fácilmente manipulables, con menos sentido de la realidad. Cuando ya vas madurando a la fuerza, la realidad te hace tener los pies sobre la tierra. Yo no harÃa una crÃtica global sobre este desinterés. Pero es cierto que esta sociedad del consumo y del bienestar ha acostumbrado a varias generaciones a no saber postergar la gratificación, paradójicamente ahora que la vida es más larga. Uno de los esfuerzos mayores en la vida es saber que hay que hacer las cosas por el placer de hacerlas y realizarlas lo mejor posible. Esta es una enseñanza moral y social de primera magnitud. Esto tiene una gratificación inmediata, o no la tiene, o la tiene por otro camino. Todo eso le ocurre a las nuevas generaciones, educadas felizmente en un bienestar material muy alto, en una permisividad a la que nadie se ha atrevido a poner lÃmites, cuando la educación es el riesgo de saber poner lÃmites. Y la juventud tratará de transgredirlos, y está bien que lo haga.
¿Es usted muy optimista?
Soy optimista cognoscitiva; creo en el valor del conocimiento, de transmisión, de la educación, pero desde luego estarÃa con los filósofos griegos en lo que se refiere a cierto pesimismo antropológico, a que la condición humana no es buena ni mala, pero no tiende precisamente a la armonÃa. La condición humana tiende al abuso de poder, es compleja y no somos de una pieza, por eso son tan importantes las instituciones que, de alguna manera, contrapesan las veleidades individuales. No soy optimista sin más. No puedo serlo, siendo historiadora.
Como catedrática de Historia de las Ideas y de las Formas PolÃticas, ¿cree que goza de buena salud el pensamiento polÃtico en el mundo? ¿Cabe esperar algo más, o cree que ya se ha inventado todo?
A veces, los contemporáneos no somos capaces de ver las corrientes que van a ser importantes hasta tiempo después. Pero resulta evidente que hay un mundo de creatividad en todos los campos y, desde luego, en el de las ideas. Hay una frase famosa de Max Scheller que decÃa: "El hombre es el único ser viviente capaz de decir ‘no’ a la realidad".
Usted combina un vida sumergida en la teorÃa, en la Universidad, en las academias y en los libros, con una ferviente actividad en la realidad, ¿cómo lo hace?
Es complejo, porque creo que los momentos más felices de mi vida se dan cuando me siento en mi mesa y tengo que preparar un tema nuevo y empiezo a investigar. Me hubiera muerto si nunca hubiera probado el placer del conocimiento. También valoro el placer de relacionarme con el mundo, no sólo en clase, pues sólo aclaramos nuestras ideas cuando las intentamos contrastar con las de los demás. También está el mundo de la realidad, que exige compromisos, testimonios, sobrevivir... Quizá porque he tenido una gran disciplina, me he movido en el mundo de la gestión con cierta soltura, en algunos cargos académicos, en direcciones como la del Centro de Estudios PolÃticos y Constitucionales y en mi propia vida he tenido que vivir de becas, con pequeños trabajos, al haberme quedado huérfana desde joven.
¿Toma alguna precaución en su dÃa a dÃa?
Cuido de que no me pase lo que decÃa uno de los clásicos acerca de la precaución que hay que tener en la vida con lo que se desea. Primero, porque se acaba cumpliendo y, luego, porque a veces se termina por haciendo lo segundo que mejor se sabe hacer. Pero también he tenido maestros que siempre han defendido la necesidad de estar en el mundo del conocimiento, y en la realidad que siempre te asalta. Aspiro a un cierto equilibrio. En general planifico mis dÃas y mis horas y, a veces, los minutos. Lo que decÃa un clásico: "Ten cuidado de tus minutos que los dÃas y las horas pasan solos". Tengo cuidado para que la realidad no absorba mis dÃas y, al mismo tiempo, puedo relacionarme con la vida gracias a ese background de conocimiento, sin el que no podrÃa vivir.
¿Cuál es su experiencia en la presidencia del Grupo Unidad Editorial?
Se trata de una presidencia representativa, no ejecutiva. Lo hago compatible con otras actividades, con las academias, la Universidad, con muchas fundaciones en las que estoy colaborando, con la escritura y también con mi labor de historiadora. Creo que el grupo me llamó precisamente por ser una persona que se ha movido siempre en ese mundo cultural y académico, representando un cierto tipo de valores del conocimiento que le pueden ser útiles al grupo.
Además, usted recibió un premio de periodismo, el FIES 2000.
Eso fue por un artÃculo que escribà sobre la MonarquÃa Constitucional. Mis dos maestros fundamentales, Luis DÃez del Corral y Maraval, tenÃan opiniones muy distintas sobre el periodismo.
¿Cuáles?
Don Luis era reacio al mundo periodÃstico, pues lo juzgaba efÃmero. RepetÃa lo que decÃa Canetti: "habÃa un hombre que era un gran lector de periódicos. Lo sabÃa todo, pero lo que sabÃa cambiaba cada dÃa". Sin embargo, José Antonio Maraval siempre afirmaba que, aunque no sea tu profesión, conviene estar presente en los medios sin que éstos te absorban, porque actualmente el cuarto poder es una realidad y siempre es oportuno participar en esa realidad y, si no influir, por lo menos, señalar lo que a uno le parezca menos malo.
Como miembro de la Real Academia de la Lengua, ¿cómo cree que la prensa trata el lenguaje?
Cada vez que veo un ha, del verbo haber, puesto como preposición, doy un salto en la silla.
¿Lee muchos periódicos al dÃa?
El nuestro, por supuesto. Todos los dÃas El Mundo y Expansión, y luego ojeo ABC, El PaÃs, La Razón… A veces los leo por la noche, porque de las noticias te enteras desde el primer momento del dÃa. Basta abrir el ordenador para conocer lo fundamental, y los artÃculos que me interesan los leo por la noche o en el desayuno del dÃa siguiente. Cuando más disfruto es leyendo.
¿Qué lee ahora?
Obras sobre la historia de España, pues estoy a punto de sacar un libro. Y siempre estoy con ficción. Lo último más impactante que he leÃdo ha sido de Amos Oz, Historia de amor y de oscuridad; y un libro de Hugo Hiriart sobre México que me regaló un amigo: La destrucción de la cosas. No puedo vivir sin la ficción.
Hay quien defiende que en la ficción es donde más se aprende de la historia.
Mi discurso de ingreso en la Academia Española fue precisamente sobre historia y literatura. Son complementarias. Por ejemplo, el espÃritu de una época se aprende mejor con la literatura. La Revolución Francesa se aprende en Dickens, en Historia de dos ciudades. En tres páginas está descrita la manera de sobrevivir en una revolución, y en un vacÃo de poder en un mundo de venganzas y resentimientos. Pero la ficción es la ficción, y es como si dentro de un tiempo nuestra época se quisiera juzgar exclusivamente por las pelÃculas de Tarantino.
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