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17-03-2007

Trabajar en China, una experiencia laboral que no tiene precio

Cuatro altos directivos europeos cuentan su experiencia en China, donde sus empresas les enviaron a trabajar hace cinco o más años. Desde entonces, han sido testigos de los cambios producidos en ciudades como Shanghai y del contraste con una cultura y costumbres ancladas en el pasado. Algunos ya están pensando en su vuelta a España para comenzar otra etapa laboral.

Montse Mateos y Soledad Valle / Madrid.

 

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Me cobraron ochocientos dólares por hacerme unos análisis de sangre en Pekín". Un precio que Eduardo Morcillo Angulo, actual director de la práctica corporativa y socio de InterChina Consulting, pagó en 1999 pero nunca pagaría un chino. Hasta hace dos años, el trabajador extranjero tenía prohibida la libertad de elegir vivienda, estaba obligado a vivir en los compounds, barrios sólo para extranjeros, de mejores condiciones que la media en el país, pero más caros.

Sin embargo, las cosas han cambiado y los sueldos de estos directivos son entre un veinte y un treinta por ciento más altos que sus homólogos en España y la empresa se hace cargo de la casa, el colegio de los hijos, paga entre dos y tres viajes al año a todos los miembros de la familia y en algunos casos hasta el coche.

China, otro planeta
Pese a los mejores salarios, no es fácil vivir en China. "Es como llegar a otro planeta, no puedes leer o hablar y los chinos ven a los occidentales como de otro mundo. El primer paso del profesional es buscarse una persona de confianza para que le traduzca, explique y aconseje", señala Alain Rauh, ex director general de Flamagas China. Rauh lleva cinco años y medio viviendo en Shanghai con su mujer, Montserrat Garrido, quien encontró un empleo en el país asiático en Citigroup dos años después de su llegada.

Este matrimonio, junto a Gonzalo de Arístegui, responsable de la unidad de negocio más importante de Coca-Cola China –donde aterrizó en 2003–, y Eduardo Morcillo son cuatro ejemplos de directivos que trabajan en un mundo muy distinto al Occidental, tanto por sus costumbres como por un contexto económico en continuo proceso de transformación.

"Desde mi llegada hace cuatro años, el país ha cambiado drásticamente. Ahora existen más opciones de entretenimiento, variedad de productos, de restaurantes. China se está liberalizando y los cambios, después de la entrada en la Organización Mundial del Comercio, en 2004, se están precipitando", señala Arístegui. No obstante, reconoce que la operativa bancaria está muy atrasada: "Hasta hace dos años, el crédito al consumo no existía, de manera que las tarjetas de crédito no tienen un uso generalizado".

Rauh también hace referencia a los últimos cambios con cautela, "es un país emergente y todavía con un régimen político comunista, lo que requiere muchos recursos, perseverancia y paciencia". Como ejemplo, explica que salvo los directivos y profesionales con educación universitaria, los chinos no hablan inglés y toda la comunicación se hace a través de traductores, lo que alarga y complica el intercambio de información, lo distorsiona y disminuye el contacto personal y directo.

Por otra parte, Rauh apunta los efectos en la gestión de los recursos humanos derivados de crecimientos económicos de doble dígito: "En Shanghai la inversión extranjera es tan grande que la demanda de personas supera a la oferta. Esto se traduce en una rotación media de personal del quince por ciento anual, una inflación salarial mínima del diez por ciento y unas expectativas de promoción muy altas. De hecho, todos los profesionales con cualificación que he perdido en los últimos años han doblado su salario al cambiar de empresa, acompañado de una gran promoción ".

Desde el punto de vista personal, otra de las dificultades para la adaptación que apunta Rauh es la carrera del cónyuge, ya se trate de él o de ella. "La probabilidad de encontrar trabajo cualificado es casi inexistente. Muchos cónyuges, también maridos de expatriadas, acaban realizando obras sociales o caritativas, pero esto no suele ser una solución a largo plazo". Su mujer, Montserrat Garrido asegura que consiguió su empleo en China a través de contactos anteriores e iniciativa propia: "Me incorporé a Citigroup como empleada local dos años después de mi llegada". El mismo tiempo que tardó la esposa de Morcillo en abrir el primer despacho jurídico español en China.

La vuelta a casa
Pese a las dificultades, el número de españoles que deciden dar el salto al país asiático es cada vez más elevado entre las generaciones más jóvenes. Según Morcillo, a finales de los años noventa el número de expatriados en Shanghai no llegaba a veinte –los registrados en la embajada española– y en Pekín a cincuenta. En 2006, eran quinientos y trescientos respectivamente. Morcillo señala que, "en la selección de expatriados, las empresas tienen que esforzarse en encontrar a la persona correcta y ofrecerle una buena remuneración y un buen puesto, y elaborar un plan de regreso. En este último aspecto las compañías españolas están fallando".

Alain y su mujer ya se plantean la vuelta de una forma diferente. Mientras Garrido prevé hacerlo con Citigroup, Rauh aspira a un puesto de dirección general en una empresa con fuerte presencia internacional. Para conseguirlo aprovechará su experiencia: "China ha desarrollado en mí el espíritu emprendedor, las facultades de liderazgo para crear nuevos negocios y gestionar centenares de personas. También me ha ayudado a luchar contra la adversidad y tomar decisiones importantes cada día". Añade Rauh que se plantea el regreso con la misma actitud que su llegada a China: "Con ganas, flexibilidad, paciencia e iniciativa propia".

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