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26-07-2007

Cartas desde Iwo-Jima

La lección magistral de liderazgo del teniente general Kuribayashi

La profunda mirada de Clint Eastwood sobre el responsable japonés de la defensa de Iwo-Jima revela una excepcional meditación sobre el arte de dirigir personas en momentos de adversidad a través de las virtudes cardinales clásicas, hoy a menudo postergadas en nuestra gestión empresarial.

Ignacio García de Leániz Caprile, consultor colaborador del Grupo Accenture

Una vez más Clint Eastwood nos ha regalado con Cartas desde Iwo-Jima una obra maestra que como continuación de Banderas de nuestros padres conforma su díptico sobre la decisiva batalla de Iwo-Jima entre Estados Unidos y Japón en el epílogo de la Segunda Guerra Mundial.

Basada en las cartas reales escritas por el comandante en jefe de la estratégica isla -teniente general Tadamichi Kuribayashi- la película muestra las virtudes y competencias que adornaron a dicho mando militar en una situación crítica. Lo hizo además con unos recursos logísticos escasos y defectuosos, una tropa inicialmente desmoralizada y poco preparada y unos objetivos de imposible cumplimiento, dada la superioridad numérica y armamentística norteamericana, que además conocía de primera mano por haber vivido dos años en Estados Unidos.

Nada más tomar el mando del destacamento de Iwo-Jima, que otros generales habían rechazado sabedores de la imparable ofensiva americana en el Pacífico tras el desastre de las Islas Marianas, el general Kuribayashi ofrece a través de la sabia cámara de Eastwood una lección de lo que el mundo anglosajón denomina Managing by Walking Around (MBWA) o dirección por cercanía. Así, en lugar de encerrarse en su torre de marfil con su Estado Mayor para trazar estrategias de salón, aprovecha sus primeros momentos para tomar contacto directo con sus tropas y con la situación logística de la isla y su fortín. Esa proximidad le permite comprobar las actitudes y aptitudes de su personal, ganarse su aceptación y al mismo tiempo introducir un cambio estratégico fundamental: no esperarán al enemigo en la playa sino en posiciones del interior de la isla haciendo excavar una red de galerías y búnkeres en el monte Suribachi. Ante tal reingeniería estratégica, Kuribayashi cuida especialmente los flujos de comunicación descendente haciendo que cada miembro de la tropa reciba la información operativa necesaria (qué tienen que hacer) y la tan a menudo postergada información de contexto (por qué es importante hacerlo).

Es a partir de este cambio funcional cuando el protagonista va a ir ejerciendo las cuatro virtudes cardinales del liderazgo eficaz: la prudencia al aplicar la inteligencia práctica en la toma de decisiones y en la planificación e implantación del plan de acción ideado. Un sentido de la justicia equitativa con sus soldados le permite paliar su juventud, limitaciones y temores; al mismo tiempo, por medio de la fortaleza sabe encontrar una razón para actuar ante la adversidad y sacar lo mejor de sus hombres a pesar de la inferioridad técnica. Finalmente, su templanza le lleva a un perfecto control emocional y a una serenidad encomiable que se transmite a todo su destacamento y que alcanza al espectador mismo.

La suma de dichas cualidades le harán escribir al mismo tiempo desde la castigada mole del Suribachi las cartas a su mujer que jalonan toda la película toda y que vienen a conciliar su ethos profesional con su ethos familiar, aunando lo urgente con lo importante. Lega así, en medio de aquella minúscula isla del Pacífico, una honda lección de management que Clint Eastwood que deja al ser humano en evidencia.