

11-11-2005
Santiago Álvarez de
Mon
Profesor Ordinario del IESE
"Se le hurta cada vez
más al individuo la decisión y conducción
morales de su vida y a cambio se le administra, se le nutre,
se le viste, se le forma como a una unidad social... Un
Estado que nos protege de todo nos quita también todo
cuanto hace que valga la pena vivir". Palabras de C.
Jung, escritas en 1958, perfectamente válidas hoy. El
Estado, bajo la coartada moral de ideas nobles
?justicia, dignidad, derechos...,? transforma
adultos en niños aborregados, convirtiendo países
viejos y recios en gigantescos parvularios de excusas y
quejas. Nuestra dimensión social es subrayada hasta la
náusea, prostituyéndose en masa anónima. La
persona se diluye en la tribu, previsible y uniforme.
La empresa no permanece ajena a esta
tendencia. La estadística, las encuestas, el poder, son
referencias subordinantes que amenazan con quebrar el pulso
de instituciones libres e independientes. El trabajo en
equipo, el brainstorming, el funcionamiento de muchos
comités de dirección, son fiel reflejo de lo
percibido por Jung: "El grupo ejerce una cierta
seducción, pues nada es más fácil que
perseverar en los caminos de la infancia. Sólo queda
libre de esto quien es capaz de adquirir su propia
personalidad". La empresa, en su afán de organizar
esfuerzos conjuntos, ahoga un yo misterioso y libre que, por
serlo, resulta incapsulable. Estúpida tropelía,
porque el talento que aspira contratar y retener es personal
e intransferible.
Entre organigramas
y normas, el yo colectivo y solidario aplasta la
singuralidad del profesional inteligente. Grave
agresión, de la asfixia de cada hombre y mujer no hay
comunidad, empresa, país, que pueda florecer. Dirigir
es hacerle un hueco grande y espacioso al yo profundo,
emprendedor, creativo, humilde y servicial, no reivindico el
ego caprichoso, esclavo y narcisista. Se vive desde dentro
hacia fuera, y si se altera el orden natural, perdemos
todos.
Es un ejercicio de confianza
en el ser humano, pues, en su mejor versión, el yo se
sabe partícipe de algo que le trasciende y enriquece.
La felicidad, la amistad, la excelencia, el civismo, la
generosidad, ¡no viajan a la grupa de decretos ni de
órdenes, son pulsiones expansivas y libres del alma
humana! La mejor pedagogía, consciente de las
ideologías, miedos, miserias y prejuicios metidos en
nuestra maleta vital, intenta rescatar la esencia de nuestra
condición. En ese proceso de desaprendizaje, el plural
utópico y abstracto se retira a favor del singular
cercano y desafiante. "Si las cosas grandes andan mal,
es porque los individuos andan mal, porque yo ando
ma"?, remacha Jung. Ésta es la
confrontación eternamente pospuesta, ésta es la
cita cancelada sine die. El auténtico partido de mi
vida se juega dentro, las demás contiendas no son
más que imágenes agrandadas de mi conflicto
interior.
Falto de señas
íntimas de identidad, me defino desde mi oposición
al otro, el enemigo a batir, y mi pertenencia al clan de
turno. En lugar de sumergirme en el mundo exterior, me tengo
que recoger para ejercer mi libertad, para asumir mi
responsabilidad, si no, el nosotros es un refugio sectario y
empobrecedor. Tenemos que dejar hacer al silencio, a la
soledad, eternos convidados de piedra. En su ausencia, la
palabra es arma arrojadiza y la compañía un
insulto a la sabiduría. Si cada uno exprimiera su
margen de influencia e hiciera sus deberes personales, la
sociedad sería mejor. Harto de líderes
mesiánicos, sólo pido al Estado, a mi empresa, a
la universidad, a mi familia, un poco de aire para respirar
y alzar mi vuelo. Si me caigo, a nadie culparé, es el
precio que pago gustoso por la aventura de vivir.