Un portal de expansion.com y elmundo.es
Especial Call Center
El reino de la promoción interna
Entre el 80% y el 95% de las vacantes se cubren con profesionales de la casa.
Icono Publicidad
ENCUESTA
¿Cree que la jornada intensiva debe prolongarse todo el año?

No
OPINIÓN
A Luis Aragonés no le acompaña el carisma, y quizá no le haga falta para lograr un equipo de alto rendimiento.
ENCUENTRO DIGITAL
11 junio, 13 h.
Baltasar Magro
Periodista y escritor
Expansion.com
elmundo.es

11-11-2005

Santiago Álvarez de Mon
Profesor Ordinario del IESE

Yo, S.A.

"Se le hurta cada vez más al individuo la decisión y conducción morales de su vida y a cambio se le administra, se le nutre, se le viste, se le forma como a una unidad social... Un Estado que nos protege de todo nos quita también todo cuanto hace que valga la pena vivir". Palabras de C. Jung, escritas en 1958, perfectamente válidas hoy. El Estado, bajo la coartada moral de ideas nobles ?justicia, dignidad, derechos...,? transforma adultos en niños aborregados, convirtiendo países viejos y recios en gigantescos parvularios de excusas y quejas. Nuestra dimensión social es subrayada hasta la náusea, prostituyéndose en masa anónima. La persona se diluye en la tribu, previsible y uniforme.

La empresa no permanece ajena a esta tendencia. La estadística, las encuestas, el poder, son referencias subordinantes que amenazan con quebrar el pulso de instituciones libres e independientes. El trabajo en equipo, el brainstorming, el funcionamiento de muchos comités de dirección, son fiel reflejo de lo percibido por Jung: "El grupo ejerce una cierta seducción, pues nada es más fácil que perseverar en los caminos de la infancia. Sólo queda libre de esto quien es capaz de adquirir su propia personalidad". La empresa, en su afán de organizar esfuerzos conjuntos, ahoga un yo misterioso y libre que, por serlo, resulta incapsulable. Estúpida tropelía, porque el talento que aspira contratar y retener es personal e intransferible.

Entre organigramas y normas, el yo colectivo y solidario aplasta la singuralidad del profesional inteligente. Grave agresión, de la asfixia de cada hombre y mujer no hay comunidad, empresa, país, que pueda florecer. Dirigir es hacerle un hueco grande y espacioso al yo profundo, emprendedor, creativo, humilde y servicial, no reivindico el ego caprichoso, esclavo y narcisista. Se vive desde dentro hacia fuera, y si se altera el orden natural, perdemos todos.

Es un ejercicio de confianza en el ser humano, pues, en su mejor versión, el yo se sabe partícipe de algo que le trasciende y enriquece. La felicidad, la amistad, la excelencia, el civismo, la generosidad, ¡no viajan a la grupa de decretos ni de órdenes, son pulsiones expansivas y libres del alma humana! La mejor pedagogía, consciente de las ideologías, miedos, miserias y prejuicios metidos en nuestra maleta vital, intenta rescatar la esencia de nuestra condición. En ese proceso de desaprendizaje, el plural utópico y abstracto se retira a favor del singular cercano y desafiante. "Si las cosas grandes andan mal, es porque los individuos andan mal, porque yo ando ma"?, remacha Jung. Ésta es la confrontación eternamente pospuesta, ésta es la cita cancelada sine die. El auténtico partido de mi vida se juega dentro, las demás contiendas no son más que imágenes agrandadas de mi conflicto interior.

Falto de señas íntimas de identidad, me defino desde mi oposición al otro, el enemigo a batir, y mi pertenencia al clan de turno. En lugar de sumergirme en el mundo exterior, me tengo que recoger para ejercer mi libertad, para asumir mi responsabilidad, si no, el nosotros es un refugio sectario y empobrecedor. Tenemos que dejar hacer al silencio, a la soledad, eternos convidados de piedra. En su ausencia, la palabra es arma arrojadiza y la compañía un insulto a la sabiduría. Si cada uno exprimiera su margen de influencia e hiciera sus deberes personales, la sociedad sería mejor. Harto de líderes mesiánicos, sólo pido al Estado, a mi empresa, a la universidad, a mi familia, un poco de aire para respirar y alzar mi vuelo. Si me caigo, a nadie culparé, es el precio que pago gustoso por la aventura de vivir.