EL TÓPICO

Porque yo lo valgo...

Publicado el 27-07-2010 por Pilar Cambra.

Un pésimo trabajo, ¿se convierte en bueno rebozado en el oro fino de las genialidades de la publicidad y el márketing? Más bien suele suceder que un excelente trabajo se abre paso solito.

Descuiden, tranquilos... No voy a darles la vara repitiendo, una vez más, las historias y leyendas que circulan sobre las malas notas escolares que sacaron genios de la ciencia, de la literatura, de la empresa que, finalmente, se plantaron, triunfantes, en jarras ante el mundo porque sus mentes, sus trabajos eran buenos.

No: voy a referirme a dos realidades actuales –una deportiva y, la otra, literaria– porque me mola mucho más. Y supongo que a ustedes también.
Comencemos por un tipo bajito, paliducho, con cara de monaguillo… Su nombre es Andrés Iniesta y, a estas alturas del inenarrable triunfo de la selección española en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica, el muchacho, jugador del Barça, es un icono del éxito en todo el Planeta Tierra, de uno a otro confín. Con razón: en los agónicos minutos finales de la prórroga del partido con Holanda, cuando el corazón se te helaba de terror ante la perspectiva de una tanda de penaltis, Iniesta –el pequeñito, el blanquito como la Luna, el Iniesta aparentemente minúsculo como un ratón de campo– le arreó al balón una patada mágica, maravillosa, certera y, sobre todo, eficaz, que lo mandó hasta el fondo de las mallas de la portería holandesa… Un gol, un gol de ese chico de pueblo llamado Andrés Iniesta, dio a la Selección el título de Campeona del Mundo de Fútbol…

Sí, bueno, vale: el Campeonato lo obtuvo todo el equipo –titulares y suplentes; y también ese hombretón discreto, ecuánime, humilde, feo, con barriga y papos que es el entrenador Vicente del Bosque– a lo largo de una serie de partidos esforzados, geniales, fatigosos, duros… Lo consiguieron entre todos superando hasta un clamoroso fracaso inicial ante Suiza y con la convicción –propia de cuantos trabajadores, currantes, profesionales merecen tal nombre– de que los errores son la mejor escuela para el éxito definitivo.

Pero, seamos sinceros: a juzgar, por ejemplo, por los jugadores de la Selección que fueron elegidos por muy diversos productos y servicios como protagonistas de su publicidad, Iniesta no era precisamente el favorito del márketing que ha girado en torno al eje del mundial… Porque, ¿cómo comparar al paliducho, bajito Andrés con la guapura de un Íker Casillas, la "tableta de chocolate" torácica de un Pujol, la genialidad goleadora de un David Villa? Pues, mira tú por dónde, ha sido el discreto, eficiente, preciso, oportuno y modesto Andrés Iniesta –que no estaba entre los "chicos de oro" por los que optaron los que querían vender selección+fijador de pelo, selección+energía eólica, selección+lo que fuera– el que marcó el gol para la Historia… Y el paliducho Andrés Iniesta podría ser, desde este momento, el modelo para tantos y tantos y tantos trabajadores, currantes y profesionales que están convencidos de que una buena tarea, un cumplimiento del deber hasta donde lleven las fuerzas, un pegarse al terreno de la obligación sin más alamares ni jeribeques, bastan para triunfar… Iniesta, sí: ejemplo de cómo, cuando se está donde se debe estar y se hace lo que se debe hacer en el trabajo, uno llega, casi inevitablemente, hasta donde se ha propuesto. Incluso hasta lo más alto. Hasta lo que parece inalcanzable sin una buena "venta" de sí mismo o encargada a otros, sin bombos y sin platillos.

Y vamos a similar cuestión –la relación entre éxito de un trabajo y las estrategias de venta– en el terreno literario… ¿Conocen ustedes muchas campañas o una cantidad exorbitante de anuncios protagonizados por el nombre de María Dueñas o el de Mamen Sánchez? Yo no –y ello a pesar de que soy una ferviente seguidora de la publicidad que se hace de determinados libros y sus autores en los diferentes medios y soportes–… Pues resulta que estas dos señoras se están forrando a vender sus novelas –El tiempo entre costuras, de María Dueñas, publicada por Temas de Hoy; y Agua del limonero, de Mamen Sánchez, publicada por Espasa–, se han encaramado en las listas de libros más leídos y vienen dando sopas con onda a autores mucho más renombrados y, por supuesto, "publicitados", que ellas… ¿Por qué? Porque sus relatos, sin ser geniales, son interesantes, amenos, correctos, pulcros y pertenecen a esa especie que unos amigos recomiendan a otros… Naturalmente que ahora, cuando sus novelas son la sorpresa de la temporada, las fanfarrias del márketing suenan, atronadoras, en los oídos de los potenciales compradores y lectores. Pero antes, al principio, no. Ni flores de fanfarrias.

Y esta es la cuestión: el trabajo que uno realiza, la tarea que lleva a cabo esforzadamente –con humildad, calma y serenidad–, lo mejor que uno puede y sabe, con sacrificio y honradez, acaba abriéndose camino pronto o tarde. El márketing, las fanfarrias que uno hace sonar o encarga que suenen no son más que un adorno. Bonito, pero adorno al fin y al cabo.

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