Ahorro energético

Publicado el 08-02-2010 por Pilar Cambra.

No siempre pesan los años. Ni los kilos. Con frecuencia, lo que pesa es el sudor que cuesta ganarse el pan, el desgaste, la fatiga de nuestros "materiales". ¿Acaso somos despilfarradores?

Vaya que sí... Digan lo que digan los demás; sobre todos los gurús verdes, lo que podríamos llamar nuestra "conciencia energética" se está desarrollando a buena velocidad; no digo a velocidad de vértigo pero, poco a poco, reciclado a reciclado, todos vamos imbuyéndonos del espíritu conservacionista, del respeto a la Naturaleza, del convencimiento de que la integridad de la Creación y la responsabilidad de legarla en el mejor estado posible a los que nos sucederán es cosa nuestra, de cada uno.

Así, por ejemplo, el cambio en casa de las bombillas de toda la vida por las de bajo consumo –nos las regale o no un ministerio– es un hecho… ¡Vamos: en mi ferretería estas bombillas son un auténtico hit de ventas!

Del mismo modo, el depositar cada clase de basura y residuos en su bolsa correspondiente se va convirtiendo en un bendito hábito… El otro día, por ejemplo, una de las personas con las que convivo me echó una regañina –con toda la razón– por juntar un envase de cristal con los papeles en el mismo saco. Y yo, francamente, me sentí casi en pecado venial por haber olvidado que cada oveja (residual) va con su pareja.

Y ya no es que me parezcan bien todos estos nuevos hábitos y obligaciones… Es que me parecen estupendos e imprescindibles. Porque si los olvidamos, los obviamos o caemos en la negligencia, el planeta Tierra rodará y rodará por la cuesta hasta convertirse en un irrespirable y guarro vertedero.

Lo que me parece un pelín extraño es que nos preocupemos tanto y tan justamente por la energía "exógena", por la que gastan las bombillas o puede obtenerse de la basura bien reciclada y, en cambio, nos traiga bastante al fresco la energía "endógena", nuestra propia y personal energía. Porque esa, nuestra energía, la derrochamos a manos llenas cada día en el trabajo… Y tal derroche no es reprobable porque, en última instancia, es prueba de entusiasmo, afición y hasta amor a nuestra tarea y sana preocupación por nuestras responsabilidades.

Lo malo, por tanto, no es que derrochemos energía en nuestra labor… Lo malo, lo peligroso es que, no pocas veces, la malgastamos: somos, en excesivas ocasiones, como esa bombilla que se deja encendida por descuido o por pereza cuando el sol luce en el cielo en todo su esplendor… Pues bien: yo, hoy, vengo a decirles lo que todas las madres, todas las buenas amas (o amos) de casa gritan cuando ven esa bombilla encendida innecesariamente, a deshora… O sea: "¡Niños, haced el favor de apagar esa luz!"… Me voy a limitar, si ustedes me lo permiten, a enumerar unos cuantos hechos y circunstancias que agotan, cotidianamente, nuestra energía en el ámbito laboral; una serie de derroches que, bien controlados, nos ayudarían a realizar un "ahorro energético" en nuestro trabajo.

1) Las fantasmagorías. Los sueños de la razón, tal como dijo sabiamente don Francisco de Goya y Lucientes, producen monstruos; y, además, causan un cansancio infinito. Los temores imaginarios, esos "y si…" con los que elucubramos sin causa ni motivo –tal vez, simplemente, porque nos hemos levantado bajitos de ánimo– erosionan mucho, pero que muchísimo. Ponerse en lo peor antes de que lo peor haga acto de presencia es, además de un error, un malbaratar nuestra energía… Como si una noche dejáramos encendidas, innecesariamente, todas las luces de cien casas. Por lo menos.

2) La impuntualidad propia y ajena. Un retraso de 30 minutos en la hora que nos habíamos fijado para saltar de la cama es como una pesada piedra que llevaremos colgada al cuello durante todo el día… Un retraso en acudir a la cita que teníamos prevista provoca que toda nuestra agenda se ponga patas arriba.

3) Las discusiones que derivan en cabreos. ¿Hay que decir "amén" y "sí señor" a cuanto digan, opinen o manden nuestros jefes, colegas o subordinados? Pues no, de ninguna manera… ¿Hay que montar un simposio para discutir cada una de las palabras, opiniones, órdenes de nuestros jefes, colegas o subordinados? Pues ustedes verán; lo que demuestra fehacientemente la experiencia es que discutir por banalidades, te deja más rendido que acarrear un saco de piedras.

4) La adicción al móvil y a los e-mails. La obsesión por responder a todas las llamadas y todos los mensajes de inmediato, ya, sin esperar un segundo, se zampa más reservas de energía que las pueda producir una central eléctrica.
Ahorremos nuestra luz, nuestra energía… Nada de derrocharla o malgastarla… Porque esa claridad, esa luz, esa lucidez es, precisamente, la que necesitamos para trabajar bien, con calma y paz. De lo contrario, el cansancio, la fatiga que nosotros mismo nos hemos infligido nos llenarán de oscuridad.

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