
Publicado el 23-12-2009 por Lucy Kellaway, columnista de Financial Times.
"Perdón por molestarla", escribía un lector, "pero mi cuñado, un importante banquero de Goldman, quiere un libro empresarial ‘malo’ para Navidad y he pensado que usted podría darme algunas ideas. ¿Podría organizar un premio al peor libro empresarial del año? El sector lo merece. Un cordial saludo". La primera idea que me vino a la mente es que la gente regala cosas muy raras por Navidad.
Un año, mi abuela recibió una muñeca vestida con un traje de flamenco hecho de ganchillo cuya falda estaba diseñada para ajustar a la perfección sobre un rollo de papel higiénico, y así eliminar cualquier motivo vergonzoso que pudiera mostrar el rollo desnudo. Pese a que resulta difícil encontrar una razón por la que alguien querría una funda de ganchillo para el rollo de papel higiénico, es aún más difícil saber por qué alguien desearía un libro empresarial malo. Me pregunto, en especial: a) por qué un importante banquero de Goldman ha pedido algo así; y b) si es responsable dárselo. ¿Es que no han tenido los banqueros ya bastantes ideas malas sobre los negocios como para animarles con más?
Lo segundo que pensé fue, sí, se me ocurren muchos libros empresariales malos y, sí, el sector necesita indudablemente un premio. Cada año, se publican miles de libros empresariales –la mayoría de los cuales se apilan a mi alrededor, en cajones, mesas, suelo y armarios–. Casi todos son malos, y en algunos casos pésimos. La culpa de ello es tanto del contenido como del estilo. El contenido, por lo general, es poco prometedor –los grandes aspectos macroeconómicos tienden a ser obvios y los microeconómicos aburridos–. También lo es el estilo. A los autores que saben escribir bien suelen sentir más atracción por temas como el amor y la muerte que los flujos de liquidez y los coeficientes beta.
Muchos de los libros empresariales que me rodean llevan su mala calidad escrita en la cubierta. La semana pasada llegó a la oficina un libro titulado: Declara la guerra a los costes de la complejidad -remodela tu estructura de costes, libera los flujos de liquidez y mejora la productividad atacando la complejidad de los procesos, los productos y la organización-. Este título me dejó tan agotada que ni siquiera pude abrir la cubierta para ver el interior. Si lo autores quieren declararle la guerra a la complejidad, el título habría sido un buen punto de partida.
Algunos libros no sólo son malos, sino también peligrosos. Feliz en el trabajo, feliz en casa, de Caitlin Friedman y Kimberly Yorio, muestra en su portada a una mujer joven y delgada vistiendo una chaqueta de punto rosa y sosteniendo un bebé que ríe. Con su mano libre está escribiendo en su portátil. Esto es una absoluta irresponsabilidad. Trabajar cuando estás al cargo de un niño no resulta agradable a menos que el niño esté dormido o absorto en su PlayStation 3.
Otro candidato a mi premio 2009 es Sócrates en el consejo, que resulta no tener nada que ver ni con Sócrates ni con los consejos, sino que da argumentos sobre por qué cree que las universidades deberían estar dirigidas por eruditos. Puedo augurar muchos libros de la misma serie: Sócrates en la cocina, Sócrates en la cama, Sócrates en el baño de la planta de abajo...
Aunque todos estos libros son malos, ninguno supera a ¿Quién mató al cambio? de Ken Blanchard. El argumento es una "ingeniosa novela policíaca" protagonizada por un detective similar a Colombo que entrevista a sospechosos llamados Ernest Urgencia, Clair Comunicación y Peter Gestión del Rendimiento. Forzado, manido, estúpido y un absoluto aburrimiento, este pequeño volumen acaba con la siguiente conclusión, escrita con grandes caracteres en la última página: "El Cambio Sólo Puede Tener Éxito Cuando Los Personajes Habituales En Una Organización Combinan Sus Talentos Únicos E Implican A Otros A La Hora De Iniciar, Implementar Y Mantener El Cambio".
No sé si esto será cierto, pero lo que sí tengo claro es que Las Frases Son Más Claras Cuando Las Mayúsculas Y Las Minúsculas Se Usan de Forma Adecuada.
También sé que el cuñado banquero del lector se alegraría mucho de encontrar este libro en su calcetín navideño.
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