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¿Acaso somos de piedra?

Publicado el 07-12-2009 por Pilar Cambra. Madrid

Se dice que la soledad es la inevitable compañera de quienes están ‘en la cumbre’, de los jefes… ¿Únicamente? Lo dudo: la soledad es una epidemia que puede afectar a todo el escalafón.

Con permiso de mi buen amigo y compañero articulista Juan Carlos Cubeiro, voy a realizar una incursión –pequeñita– en el terreno que él domina como nadie: el cine, las películas.

Y es que necesito un prólogo para adentrarme posteriormente en el tema que propongo esta semana… Y ese prólogo es un filme que vi, hace una semana, con un grupo de amigos –¿saben?: la experiencia me recordó el irresistible y añejo atractivo de aquellos cineclubes de mi mocedad universitaria, aquellas reuniones de cinéfilos en ciernes en las que tan importante era la peli como el coloquio posterior –… A lo que iba: vimos una cinta estrenada en 2008, dirigida por el israelí Eran Kolirin, interpretada por actores prácticamente desconocidos y cuyo título es La banda nos visita.

Haré un resumen para cuantos no la pillaron en su momento: se trata de eso que los críticos llaman "una película pequeña" –de bajo presupuesto– que narra una historia de aparente y amable levedad. Acostumbrados como estamos al ritmo trepidante del cine y los telefilmes actuales, La banda nos visita puede resultar lenta y hasta aburrida –de hecho, una de las espectadoras comentó que no le había gustado nada porque "estoy como una moto y, en estos momentos, no es la película que me pide el cuerpo"–. Éste es el argumento: una banda militar egipcia, que interpreta música tradicional, llega a Israel –al desierto del Negev– para intervenir en la inauguración de un centro cultural árabe. Como nadie acude a recibirlos al aeropuerto, se las apañan como pueden para llegar a su destino. Pero toman el autobús equivocado y se plantan en el asentamiento erróneo… A la espera de que su embajada desfaga el entuerto y los ayude, los ocho componentes de la banda tienen que acogerse a la hospitalidad de varios judíos de esa población fantasmal, construida en medio de la nada. Y allí, en el transcurso de una noche, se conjugarán las soledades de los músicos árabes y de sus anfitriones israelíes, no menos solos y perdidos en el laberinto de sus fracasadas vidas.

Y ya está… "Es una hermosa y conmovedora película sobre la soledad", dijo uno de mis amigos… "¡No! –replicó reflexivamente otro–… Es mucho más que eso: va más allá de la exposición de esa experiencia terrible que es la soledad en compañía… Yo creo que el habilísimo director se adentra en las razones, en el origen de la soledad de cada personaje… Y eso es lo decisivo en las relaciones humanas: no basta con saber que alguien se siente solo; hay que averiguar el porqué de ese sentimiento que, en ocasiones, es un enigma difícil de desentrañar".

Lamentablemente, la soledad en el seno de la empresa, en el trabajo; la soledad "en compañía de otros" –de jefes, compañeros y subordinados– no es el guión de una película… Es una realidad que vemos, que palpamos cada jornada, que experimentamos –incluso– nosotros mismos porque, queridos amigos lectores, ¡no somos de piedra!... ¿Acaso la vida laboral es radicalmente distinta del resto de nuestra vida? Esa soledad que es uno de los grandes estigmas contemporáneos, ¿desaparece en cuanto entramos por las puertas de nuestro lugar de trabajo porque, en ese ámbito, nos convertimos en moles de granito que ni sienten ni padecen? Pues no, claro.

La soledad del otro se respira, se intuye, se percibe sin gran esfuerzo y sin necesidad de una intuición excepcional… ¿O no?... Y, ¿cuál suele ser nuestra reacción más frecuente?: mirar hacia otro lado. Porque la soledad del otro nos da un pelín de yuyu… Nos tememos que, si nos adentramos en las razones y motivos de esa soledad, vamos a complicarnos la existencia. Tendremos que implicarnos y, tal como están las cosas, nos basta con nuestro propio afán, con nuestros propios problemas y complicaciones.

¿Es que el otro, los otros se preocupan y se ocupan de nuestra soledad? ¡Pues entonces…! Y, además, si el resto del equipo se percata de que vamos por la empresa como buenos samaritanos, ¿no nos juzgarán como blandengues y sentimentaloides? Puede… Pero ello se debería a una horrible y frecuente confusión, entre "sentimientos, sensibilidad" y su versión ridícula, que es la "sensiblería".

En todo caso, si no queremos investigar cariñosamente las hondonadas de la soledad de nuestros vecinos laborales por razones de pura humanidad, hagámoslo por motivos de eficacia empresarial; porque, o es la soledad el motivo esencial de los ánimos caídos, de los malos humores, de las reacciones tardías o inexistentes que desembocan en los bajos rendimientos, en la productividad escasa.

Sí, por favor: no temamos ser el clavo ardiendo al que puede agarrarse el solitario… No nos dé reparo ser, de vez en cuando, los israelíes que acogen a la banda de músicos egipcios perdida en el desierto.

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