
Publicado el 01-07-2009 por Lucy Kellaway, columnista de Financial Times.
Cuando la semana pasada leí la noticia sobre el paquete salarial –por valor de 9,6 millones de libras (11,2 millones de euros)– de Stephen Hester, sentí indignación moral. Consideraba que el acuerdo salarial con el consejero delegado de Royal Bank of Scotland era el más excesivo de la historia.
No es sólo que se esté pagando a sí mismo 600 veces más que a los cajeros de su banco, o que vaya a cobrar una cifra considerablemente más alta que los primeros ejecutivos de Lloyds o Citibank. El auténtico escándalo es este: en Lady Margaret Hall, Oxford, donde ambos estudiamos, Steve (tal y como se le llamaba entonces) Hester iba un año por detrás de mi. Cuando estaba comenzando mi segundo año en la universidad Steve iniciaba la carrera, y yo lo consideraba inferior en dos sentidos. Pertenecía al primer grupo de chicos que estudiaba en el colegio de mujeres. En su mayoría habían sido rechazados en los antiguos colegios de hombres y eran, en general, unos especímenes bastante flojos. Y lo que era aún peor, Steve tenía 18 años y 9 meses y yo 20 años y 3 meses.
Treinta años después, Stephen sigue siendo un año y medio menor que yo –ahora tiene 48 y medio y yo 50, recién cumplidos el pasado viernes–. Por lo tanto, que él cobre tanto no sólo es un ultraje, sino que también va contra natura.
Esto de clasificar obsesivamente a las personas según su edad en relación a la mía propia es algo que llevo haciendo desde que aprendí a contar. Cuando era pequeña, sabía exactamente quién era mayor y menor que yo en mi clase. No me importaba que los mayores fueran mejores que yo pero me sentaban muy mal los éxitos precoces de cualquiera que fuese más joven, incluso si nuestros cumpleaños distaban sólo unos pocos días.
Comprendo que la obsesión por la edad no resulta atractiva. Aparte de todo lo demás, es prácticamente ilegal y, en cualquier caso, debería ser irrelevante. Pero yo no lo veo así. La edad seguramente sea un parámetro indiscutible para medir nuestros logros, apariencia y gustos. Sin embargo, en los dos últimos años he descubierto que mi obsesión resulta cada vez menos gratificante. Ahora que hay tantas personas más jóvenes que yo, incluido el presidente de EEUU (dos años, un mes y nueve días más joven), es hora de modificar el juego de la comparación de edades.
Así que he intentado adaptarlo para las personas que ya están entradas en años. Para empezar, hay que tener cuidado con respecto a quién te comparas. La semana pasada realicé un experimento con los consejeros delegados de las empresas del FTSE 100. Laboriosamente, comprobé sus edades, clasificando las empresas por orden alfabético. De las diez primeras, el más joven tenía 41 años y la media era de 48. Como me servía de poco consuelo, lo dejé.
Por raro que parezca, se obtienen mejores resultados si te comparas con las estrellas del pop. Para celebrar mi cumpleaños, la semana pasada fui a Glastonbury, que era el lugar perfecto para una persona de 50 años obsesionada con la edad. Neil Young tiene 63 años, Bruce Springsteen, 59, y Francis Rossi de Status Quo cuenta con 60 –y encabezaban los carteles de las noches del viernes, el sábado y el domingo respectivamente–.
Otra estrategia para limitar el dolor consiste en reducir el campo. He dejado de compararme con aquellos que son mucho más jóvenes que yo y he decidido que el éxito de cualquiera menor de 40 no supone una amenaza, ya que es muy distante. La semana pasada, recibí un correo electrónico sobre alguien que había abandonado la banca de inversión tras una brillante carrera. Tenía 25 años. Mocoso, pensé con condescendencia.
Hace unas semanas, asistí a la fiesta del 50 cumpleaños de un amigo de la universidad que había invitado a casi todas las personas que he conocido en mi vida. Me encontré a mí misma hablando con un hombre al que había visto hacía 10 años en otra fiesta por un 40 cumpleaños. Echó un vistazo a la sala y declaró que todos tenían mejor aspecto con 50 años que con 40.
Tonterías, respondí. Le señalé que el cabello de las mujeres parecía sintético, sus dientes más largos y la piel más fláccida. Los hombres, por su parte, habían pasado toda la década anterior perdiendo pelo y ganando arrugas.
Me dijo que nuestro aspecto era mejor porque habíamos adquirido sabiduría y eso se reflejaba en nuestros rostros. Tampoco estaba muy segura de ello. Lo único que podía ver en las caras de mis amigos era alcohol; nuestro impúdico consumo esa noche ponía en duda la idea de que fuésemos más sabios que 10 o incluso 30 años atrás.
Sin embargo, este hombre llevaba parte de razón. Hemos adquirido algo –incluso si no es belleza o sabiduría–: tranquilidad. Con 50 años, hemos dejado de preocuparnos sobre lo que otros piensan de nosotros, una mejora inmensa y fabulosa. Y lo que es mejor, ya no somos tan presumidos. Había unos cuantos triunfadores en la fiesta que eran insufribles con 40 años pero que ahora se dan menos importancia. También había personas que habían encadenado varios fracasos, pero que también se había recuperado de la amargura que sufrían en sus 30 y 40 y llevan mejor su decepción.
En otras palabras, parece que mis contemporáneos han dejado de jugar al obsesivo juego de la comparación de edades –lo que puede ser una señal para que me una a ellos–. Por lo tanto, tengo que intentar perdonar a Steve Hester por tener tanto éxito pese a ser más joven que yo (aunque no por ganar tanto dinero) e intentar dejar de comparar la edad de otras personas con la mía. Y como si de una señal se tratara, el día de mi 50 cumpleaños me desperté para descubrir que Michael Jackson –nacido precisamente 10 meses antes que yo– había dejado de ser un triunfador. Estaba muerto.
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