
Publicado el 22-06-2009 por Pilar Cambra. Redactora Jefe de Expansión
Hay quien dice apañárselas muy bien en medio de su propia anarquía... Pero yo no sé que es peor para la productividad, si el desorden material o el caos mental.
Tal vez alguno de ustedes sienta curiosidad por ver con sus ojitos la materialización del desbarajuste... ¿Sí?: pues traten de ponerse en contacto con un periodista "de la vieja escuela" –que se dice–, de los que aún usan agenda de papel y tapas de cartoné –la famosa Moleskine, por ejemplo, que es lo más in para los que ya estamos un poquito out– en lugar de un cacharrito electrónico y pídanle que les dejen hojear la antedicha agenda... Su mirada se posará –con una posibilidad del 99,9 por ciento– ante la más amplia y magnífica colección de tachaduras, correcciones, cambios de fecha y de hora: el caos en estado casi puro... Este trabajo –el mío– tiene esa bendición y esa cruz, según se mire o según quien lo mire: que resulta casi imposible el ajuste perfecto y definitivo de la agenda diaria, semanal, mensual y anual... Es irritante porque quebranta algún que otro sistema nervioso; pero también puede ser divertido si odias la rutina y te apasionan los imprevistos. En fin...
En cualquier caso, no somos los periodistas los únicos que, como solemos decir nosotros, sabemos –más o menos– cómo y cuándo comienza nuestra jornada laboral, pero jamás tenemos la certeza absoluta de cómo se desarrollará ni en qué momento terminará. Yo conozco a profesionales de muy diversos ramos que viven idéntica experiencia de "estar a la que salta", del "si sale con barba, san Antón"... Y lo que me deja absorta y confusa es que a algunos les gusta, les estimula ese trajín desconcertante y desordenado: son como esos malabaristas que pretenden demostrar todo su arte, toda su habilidad, manteniendo un sinfín de pelotitas en el aire... Los profesionales de los que hablo, los que se creen capaces de jugar simultáneamente con las pelotitas, de dar una opinión, tomar una decisión, hablar por teléfono y echar un vistazo a un informe, aseguran que el afán de orden –material y mental– no es más que una manía... "Una manía de viejos", precisa alguno de ellos... Aseveran firmemente que la anarquía, el caos, no alteran para nada su productividad, su eficacia, su capacidad laboral... ¡Su propia anarquía y su propio caos, naturalmente!... Porque lo malo del caso de estos malabaristas es que ellos se pueden sentir como pez en el agua dale que dale a las pelotitas; pero cuantos les rodean –jefes, colegas, subordinados, clientes, etcétera– pueden acabar con la imprescindible serenidad hecha puré de patatas; convivir laboralmente con un caótico, con un anárquico, es una prueba durísima para la paciencia y para la lucidez... Porque, sí, ciertamente: ellos van a su bola y a sus pelotitas, pero tú acabas sumido en el mareo y en la histeria.
Yo –como todos los mayorcillos y mayorzotes– doy bastante importancia al orden material... ¿Manía?: puede; pero, además, por convencimiento de que quien no es capaz de mantener cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa en lugar de trabajo, ¿cómo va a tener en la cabeza cada idea en su sitio y un sitio mental para cada idea?...
Según mi experiencia de periodista con la agenda –de papel y con tapas de cartoné –a rebosar de tachaduras y correcciones, la única forma posible de conseguir ser productiva y eficaz, de no perderme en una selva de improvisaciones y chapuzas, es, precisa y exactamente, mantener el orden mental, la capacidad de calibrar la importancia y la urgencia de cada tarea que me propongo o me sale al paso... Y, por supuesto, cumplir mis obligaciones laborales una detrás de otra... Nada de cuatro pelotitas volando por los aires.
Reconozco que, en la vida laboral –y en la otra, en la general– no hay una opinión unánime sobre esto del orden... Hay quien defiende que la cualidad de ser ordenado, como la de tener buen oído, es genética: se nace o no se nace. Y, siguiendo esta teoría, se pasa a afirmar, incluso, aquello de que "el caos es creativo", de que las ideas nacen más frescas y lozanas en medio de la barahúnda y de que las tareas se realizan con más garbo aliñadas con la pimienta del "a salto de mata y caiga quien caiga"... Al final, siguiendo ese sinuoso sendero, acabaríamos en el "cuanto peor, mejor" que justifica desde tener la mesa de la oficina como un vertedero municipal hasta el "no te preocupes: tú habla, habla, que, aunque parezca que no te escucho porque estoy revisando estas cifras, me entero de todo lo que me dices"... ¡Já!
Y, además, que no: que la virtud del orden no está impresa en ningún cromosoma; nace de la fuerza de voluntad y se robustece con esfuerzo... Se comienza poco a poco –por ejemplo: metiendo en un sólo cacharro todos los clips que andan desperdigados por la mesa; tirando a la papelera todos los bolígrafos que se han quedado más secos que un bacalao; desprendiéndose de ese Informe 2005 que ha criado hasta gusanos–; se continúa imponiendo rigor en el horario –lo que se traduce en puntualidad–; y se acaba por realizar las tareas –una a una– que se deba cuando se deba. Y luego se sigue, se sigue y se sigue hasta que el juego de las pelotitas quede en el olvido.
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