EL TÓPICO

¿Esto es una broma?...

Publicado el 12-06-2009 por Pilar Cambra, redactora jefe de Expansión.

"Puedes fiarte de él: es muy serio en su trabajo"... "Cuidado con lo que le dices: es más serio que un coco"... La misma palabra –"serio"– y dos significados opuestos.

Francamente muy, muy desagradable... Y, además, difícil de arreglar... Hace bien poco, lo pasé fatal tratando de mediar entre dos personas que se habían disgustado muchísimo una con la otra; la primera, lloraba a moco y hebra –con perdón– y era incapaz de expresar la cólera –sí: la cólera– que sentía por la segunda: los hipidos le impedían hablar. ¿Y la segunda?: la segunda era como una lanzadera de la palabras; su verborrea, apasionada, enmascaraba una tristeza profundísima.

¡Y todo por una broma, por una frase –quizá inoportuna, pero de ningún modo malintencionada– que la primera le había lanzado a la segunda y que esta había tomado por una ofensa gravísima, un desprecio al afecto que sentía por la primera! Y yo allí enmedio, entre la llantina y la verborrea, tratando de calmar los ánimos, de restablecer la serenidad, de recuperar el buen entendimiento, de recobrar la cordialidad, de imponer a la primera y a la segunda el sentido común perdido...

Me costó Dios y ayuda –que se dice– conseguir algo tan simple como hacer comprender a la segunda que las palabras de la primera eran sólo eso: una broma...

"¿Por qué –me pregunté– hemos llegado a esta especie de callejón sombrío y con salida tan complicada?" Por varias causas; la primera y principal era las que podríamos llamar "circunstancias": la broma surgió en el peor momento, cuando la persona a la que se le gastaba no tenía el ánimo para juergas... ¡Vamos, que no estaba el horno para bollos ni la Magdalena para tafetanes!; y, en segundo lugar, porque –independientemente de las circunstancias– la posibilidad de pillar a esta persona bien dispuesta para las bromas es casi la misma que la de ganar el Euromillón: escasísima... Y todo esto –notorio y fácil de percibir– no lo tuvo en cuenta la otra persona, la que le gastó la maldita broma...

¿Cómo se apaño el roto, el destrozo en la armonía de la convivencia?: pues con la fórmula más clásica que imaginarse pueda, por el camino más recto... Yo, la "intermediaria", frené los llantos de una, corté la verborrea de otra y, cuando se hizo un silencio más o menos tranquilo, animé a ambas a darse explicaciones y ¡a pedirse perdón! Fin de la crisis. Punto pelota.

Lo que pasa es que, cuando terminó el episodio, la que se quedó con un sabor de boca –y de alma– amargo y desabrido fui yo, la que casualmente pasaba por allí y estaba puesta por el Ayuntamiento... Y es que, en el fondo, ¡siento tanta compasión por aquellos –y aquellas– a los que mamá Naturaleza les ha negado el don del sentido del humor!... En el trabajo, por ejemplo, convivir con alguien "más serio que un coco" –esas o esos jefes, colegas o subordinados a los que hay que "explicarles" los chistes y andarte con pies de plomo con las bromitas– es lo más parecido a tener que atravesar un campo sembrado de minas: nunca sabes cuándo ni por qué se sentirán heridos, ofendidos o humillados.

Es cierto que yo siento tanta manía como ellos, los "cocos", por los "bromistas profesionales", por esos tipos que andan todo el día por la oficina haciendo el payasete, salpicando el "ambiente" con su supuesto salero de mal gusto, burlándose del primero que se les ponga por delante... El "gracioso de oficio" es un estorbo en el trabajo, un escollo que hay que eludir si quieres cumplir con tu tarea, un peso muerto que hay que soportar.

¡Pero es que, para los "cocos", todo lo que no sea dirigirles la palabra presentando primero una instancia, pidiéndoles audiencia con antelación, es un ataque a su presunta "seriedad"!... Y ya no te digo cómo se ponen los "cocos" cuando los haces objeto de una broma inocente, de una observación tan graciosa como inofensiva, de una chirigota sin importancia... ¿Qué cómo se ponen los "cocos"?: ¡cómo una fiera, claro! Su problema, su gran problema –y el de los que trabajamos con ellos, naturalmente– es un exceso de susceptibilidad, una sensibilidad enfermiza, una deformación de lo que los "cocos" entienden por el respeto que se les debe.

"¡Pues con su pan se lo coman!", dirá alguno... "¡Qué se maceren en su propio vinagre y que carguen con la soledad que se van ganando a pulso!"... Bueno, sí: es una solución; pero yo creo que es una mala solución... Muy mala y muy comodona... Porque la experiencia me ha demostrado que el sentido del humor – como el del gusto, por ejemplo – puede "educarse" y, con tiempo y paciencia, el "coco" puede transformarse en un jefe, un compañero, un subordinado divertido ¡y que entiende los chistes y las bromas sin "explicación" ni nada!

En mi opinión, lo primero que hay que hacer es ganarse la confianza del "coco", conocer a fondo las razones por las que carece de sentido del humor –que, normalmente, existen–, ayudarle a que lo cultive, a que entre en el juego del intercambio de frases ingeniosas, animarle a que sea él el primero en lanzar un guiño irónico a los demás. ¡Tú puedes, coco!

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