Publicado el 10-06-2008 por Lucy Kellaway / Financial Times.
Hay profesiones que demuestran que el salario no es lo más importante.
Cuando íbamos al colegio, mi hermana y yo solíamos robar los rulos y el esmalte de uñas de nuestra madre y rizarnos el pelo y pintarnos las uñas la una a la otra. Mi hermano, entretanto, se pasaba horas jugando con su Action Man comando, tirando de la cuerda de su espalda y escuchando cómo decía con voz ronca: "¡Se aproxima un tanque enemigo!" y "¡Cubridme!".
Más tarde, cuando dejamos a un lado los juegos de niños, mi hermana y yo nos hicimos periodistas y mi hermano corredor de bolsa. Sin embargo, descubro ahora que si hubiéramos mantenido nuestras primeras inclinaciones laborales, las cosas podrían habernos ido mucho mejor. Según un estudio publicado la semana pasada por City and Guilds, los esteticistas son los trabajadores más felices de Reino Unido, seguidos de peluqueros y soldados, compartiendo ambos el segundo puesto.
Mucho más abajo en la lista de satisfacción laboral se sitúan los periodistas, mientras que los últimos puestos los ocupan banqueros y otros trabajadores del sector financiero. Esto resulta bastante sorprendente. La mayoría de los niños han abandonado su vocación de peluquero o militar cuando su edad alcanza los dos dígitos. Hay muchas cosas en ambos empleos que son desagradables.
Los esteticistas tienen que electrocutar el vello no deseado de las barbillas de la gente, aplicarles aceites de naranja y hacerles la cera, mientras que la peluquería es repetitiva, tiene un bajo estatus y te provoca dolores de espalda. El ejército parece ser aún menos recomendable. Sudas, te ensucias y te asustas, la comida es horrible y duermes en lugares incómodos. En un mal día tienes que matar personas; en un día aún peor el muerto eres tú mismo.
En definitiva, no es que sea muy atractivo. Y ni siquiera recibes un sueldo decente en ninguno de los trabajos: Los peluqueros comienzan con el salario mínimo, y los soldados con menos de la cuarta parte de lo que podría ganar un joven banquero de la City. Entonces, ¿por qué son tan felices, relativamente hablando, soldados y esteticistas? ¿Es porque se les permite deleitarse en sus estereotipos de género? Tal vez; aunque sospecho que esa es la menor de las razones.
Para peluqueros y esteticistas, cada día les ofrece una extraña oportunidad de hacer que varias personas se sientan mucho mejor. Las depilaciones y las mechas casi siempre elevan el espíritu. Mi peluquero no se ve a sí mismo sólo como un artesano, sino como un terapeuta. Nuestras conversaciones son de lo más gratificantes: inofensivas, íntimas e impersonales, todo al mismo tiempo.
La repuesta que reciben los peluqueros casi siempre es buena. Incluso cuando han hecho una chapuza con tu pelo y sostienen el espejo para que puedas ver la parte posterior de tu cabeza, tú no respondes "¡Oh no! ¡Has conseguido que me parezca a Maggie Thatcher!". Te aguantas y exclamas: "Precioso, muchas gracias". En el ejército la satisfacción laboral adopta otra forma.
No recibes respuestas de los clientes, pero como dijo el Príncipe Harry tras su período en Afganistán: "El que diga que no le gusta el ejército es que está loco. Es el mejor trabajo que se podría desear. Tiene mucho que ofrecer". Según él no es sólo que los otros tipos sean buenos, sino que el tiempo pasa con bastante rapidez, especialmente cuando te disparan. "Si sucede algo el día avanza más deprisa. La gente que está en su casa no puede entenderlo" explicó.
Pero creo que puedo comprenderlo. Los soldados son entrenados para vivir bajo el fuego enemigo. De igual modo, peluqueros y esteticistas aprenden a cortar el pelo y a depilar piernas. Esta es la clave, creo, de que ambos grupos de profesionales sean mucho más felices que el resto de trabajadores.
El resto de nosotros estamos insatisfechos porque sólo dedicamos una pequeña parte del día a hacer lo que se supone que tenemos que hacer. El resto del tiempo se desperdicia en reuniones, correos electrónicos sin sentido, y acciones sin rumbo de trivialidades de oficina, que te ponen de mal humor y te agotan.
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