Publicado el 01-11-2007 por
El gran sueño: ser in-dependientes... O sea: no dependientes, libres... In-dependiente en "mi piso", en "mi profesión" , en "mi vida"... Pero la realidad es de piedra berroqueña: el trabajo en una empresa, como las cerezas en un cesto, enlaza a todos con todos.
Es una de esas exposiciones que jamás he olvidado... Por su aplastante sentido común, por su realismo, por la claridad mental que revela...
Ocurrió que un día, en una empresa, cierto caballero preguntó a cierta señora: "Y usted, ¿de quién depende?"... Y la señora contestó al instante, sin pensárselo dos veces: "Yo trabajo para X... Y colaboro con Z... Y superviso la tarea de W, de P y de R... Pero depender, depender, lo que se dice depender, sólo dependo de mi marido... Y mi marido depende de mí, naturalmente"... Cada vez que recuerdo esta respuesta, que es un completo tratado filosófico sobre la vida y el trabajo, todavía me sale un "¡olé!" hacia la señora desde el fondo del alma...
No se puede tener más clara la diferencia entre las distintas esferas en las que todos nosotros nos movemos a lo largo de las horas, los días, los meses, los años...
Y es que muchos de los que tenemos la suerte ?inmensa e inmerecida? de trabajar daríamos algo -tampoco tanto, no hay que pasarse...- de nuestro salario por una pizca de mayor independencia en nuestras tareas... No es mi caso, confieso de plano, porque yo gozo de un doble premio gordo: trabajo en lo que más me gusta y, además, con total libertad. Pero conozco no pocos casos en los que lo que, cada mañana, pone una pinza en el estómago del ‘currante’ no es la obligación laboral que tiene por delante sino, precisamente, la sensación -cierta o no- de que el trabajo es un cepo del que "otros" -jefes, colegas, subordinados- tienen la llave. Total: para ciertas personas, entrar por las puertas de su empresa es como meterse en una camisa de fuerza...
¿Por qué? En muchas ocasiones, porque es así: el margen de libertad que se les da para decidir, para establecer su ritmo de producción, para valorar la importancia de las cuestiones que se llevan entre manos es escaso; o, incluso, nulo. Y esa falta de confianza, de cesión de responsabilidades, de pasividad impuesta, los convierte, más que en "dependientes", en "súbditos" de otros. Y ello constituye una especie de coraza en la que el "dependiente" no puede casi ni respirar: se agosta su imaginación, se mustia su entusiasmo y, al final, el trabajo se convierte en una rutina que asfixia al más dócil y al más pintado...
Pero, en otras muchas ocasiones, esa sensación sólo proviene de una errónea concepción de los lazos que, inevitablemente, nos ligan a todos cuantos constituimos una empresa: como decía mi admirada señora, depender, lo que se dice depender, los seres humanos sólo dependemos de aquellos de los que elegimos depender, con perdón por las reiteraciones... En la empresa, en cambio, lo que hacemos es conjugar nuestro trabajo con todas las preposiciones posibles: trabajo "con", trabajo "para", trabajo "ante", trabajo "cabe" -"junto a", en castellano actualizado-, trabajo "entre", trabajo "por", trabajo "tras"... Incluso cabría en trabajo "contra", ya ves...
Porque, la verdad, uno sólo se convierte en eso tan terrible y tenebroso que se llama "un esclavo del trabajo" cuando se deja sojuzgar, cuando -por pereza, por miedo- deja que otros le coman el tarro y, sobre todo, la libertad íntima que consiste tanto en "hacer" como en negarse a hacer; por razones justificadas, claro: no por cabezonería o por indisciplina... Y otra cosa: tal vez a mi admirada señora le faltó añadir lo que, en mi humilde opinión, es la esencia de todo buen trabajo... "Aquí, en la empresa, todos dependemos de todos", debió aclarar. Más que nada porque esa es la verdad verdadera.
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